He cambiado de ubicación el portátil.
Me mandan correos y, a falta de impresora, tengo que tomar apuntes de datos a recordar.
La mesa de la cocina se me ha quedado pequeña, la tenía llena de papeles de trabajo, todo mezclado con el cuaderno de los dibujitos, las cajas de lápices, en fin, que me he trasladado a la mesa del comedor, enorme y con mejor luz.
Si es que soy idiota, veinticinco días sufriendo con la mesa redonda de la cocina, quitando y poniendo portátil para desayunar, comer y cenar, cuando se nace para sufrir cualquier cosita vale para fustigarse.
Aunque es domingo he trabajado un rato, no sé en que día vivo desde que estamos confinados, y la verdad, leer y responder correos me ocupa bastante tiempo de la mañana y se agradece tener la mente en otras cifras que no sean las de muertos del día.
Me he venido a mi "nuevo despacho", he abierto la ventana y, o sorpresa, silencio.
Vivo en una calle muy populosa, cuando no son pitidos de conductores cabreados, son voces de gente riendo, o sirenas de todo tipo, en fin que hoy, por primera vez, escucho el silencio, a ratos lo rompe el "pio pio del pajarito" de algún semáforo cercano, cuando calla el silencio reconquista su espacio.
He tenido un "déjà vu"; me he transportado a otro tiempo de mi vida, a una pequeña casa, en un pueblo recóndito, donde el silencio es dueño de las rúas blancas y empinadas, donde los paisanos salen de buena mañana con sus animales al campo y lo único que se escucha en todo el pueblo es el repiquetear de los cascos de las bestias sobre los adoquines de las calles.
He respirado ese aire limpio, la luz del sol reflejada en las paredes encaladas me ha hecho guiñar los ojos, la paz ha vuelto y me ha llenado de emociones añoradas, todo ha terminado cuando un camión ha pasado por mi calle, arrastrándome de nuevo a la realidad, a esta mañana de domingo de ramos donde la cifra de muertos será de nuevo escalofriante.