Cuando llegué a los cuarenta días de confinamiento, pensé en lo increíble de la situación, hoy hago cincuenta días.
El próximo lunes empiezan las "cuatro fases" para la "nueva normalidad", ¡toma ya eufemismo!
Ahora me da un poco de angustia pensar en salir del cascarón seguro de mi casa.
En estos días de aislamiento me he emocionado con la España solidaria entre vecinos, con la generosidad de muchos profesionales, con el talento para hacer memes y chistes de todo.
Por otro lado pienso en los trescientos veinticinco muertos de hoy, las veinticuatro mil familias que han perdido a uno o varios parientes, en los duelos no pasados, en la descoordinación de las primeras semanas, en el miedo, en los sanitarios librando una guerra con bolsas de basura como arma, en la desinformación e intoxicación interesada de unos y otros.
Me pregunto qué he aprendido, si es que algo he aprendido.
Sé que soy mentalmente más fuerte, sé que no necesito grandes nadas para vivir, sé que este virus nos ha colocado en la historia en mayúsculas, que esta pandemia, que ha tenido a un tercio de la humanidad confinada en sus casas, se recordará durante décadas, sé lo que es sentirme libre ahora que no lo soy del todo.
Aprendí a lavarme bien las manos y a aplaudir con el corazón a las ocho de la tarde.
Sé que los políticos nos manipulan a su antojo y que muchos nos dejamos engañar, otros ni se enteran.
Sé que nos utilizan para que les hagamos de voceros, de propagadores de sus noticias falsas para hacer daño al que piensa distinto.
Sé que soy una duda con patas, soy el desencanto en persona.