miércoles, 15 de abril de 2020

Día treinta y seis - Miércoles

Otro día más de aislamiento.
Mi casa solía ser silenciosa, desde que inició el confinamiento en el piso de abajo hay más ruido del habitual. Y la razón es sencilla; una adolescente.
La propietaria del piso de abajo es una chica italiana muy simpática, que tiene una hija en una edad complicada.
Yo también he sido adolescente, y recuerdo esa época como explosiva, las emociones y su potencia eran motivo de discusiones familiares intensas, así que entiendo que la chavala esté hasta el mismísimo moño de estar en casa con su progenitora.
De vez en cuando tocan el piano, mal, no sé si la madre o la hija, pero bueno, se les perdona, todos hemos intentado aprender a tocar algún instrumento y hemos torturado a los vecinos con los primeros acordes de “Smoke on the water”, yo comprendí pronto que mis talentos no iban por ahí, si, he dicho talentos en plural, que me lo tengo yo muy creído.
Bueno el caso es que las criaturas tocan mal el piano, lo que realmente hace bien es dar portazos, se le da de maravilla oye, un portazo tras otro, pum, pum, pum, a cual mas fuerte, retumban las paredes y se mueven los cuadros, la muchacha tiene la fuerza acumulada de todos estos días sin poder salir a la calle a pasear con las amigas, y la cosa es que pienso que cuando me salgan grietas en las paredes, que como el confinamiento persista y continúe la joven con el entrenamiento “portazil”, no sé si me voy a atrever a bajar a reclamar, no vaya a ser que me lleve el virus puesto, en forma de escupitajo, y un par de ostias de la niña.
Iré contando.