Son las once de la mañana y repaso la lista de cosas hechas y pendientes para hoy:
- Ventilar y estirar la cama, hecho.
- Sesión de unos minutos de running en la cocina escuchando las noticias de infectados y muertos del día de hoy, hecho.
- Respiraciones para poner en marcha los sistemas simpático y parasimpático, hechas.
- Ducha, hecho
- Bizcocho con nueces horneado, hecho (ayer se me olvidó comprar galletas)
- Tupper de lentejas sacado del congelador, hecho.
- Entrada del blog, en proceso
En la lista de pendiente, todo lo demás; vaguear, comer, tumbarme, leer, ver alguna película, curiosear Instagram, navegar sin sentido por internet, el dibujito del día, aplauso en la ventana a las ocho, cenar y a la cama a leer de nuevo, para volver a amanecer el domingo, con una hora más gracias al ajuste horario, y repetir las tareas del día anterior, sin bizcocho que este me tiene que durar lo menos tres días, aunque no sé si llegará porque tiene una pintaza.
Vivo en el día de la marmota, y aunque dicen que las rutinas vienen bien para no angustiarnos en el confinamiento, a mi me empieza a pesar tanto tiempo entre las mismas cuatro paredes, haciendo las mismas cosas.
Que conste que soy animal de rutinas, pero entre lechuga y lechuga; col ¡de vez en cuando col, joer!
Mis viajes en metro, atestado en hora punta, cruzarme en mis paseos con caras que no volveré a ver, el frio del viento en la cara del invierno en Madrid, conducir horas hasta la luz del Mediterráneo.
No quiero pensar en lo que pasará cuando podamos salir de casa, va a ser duro económicamente, emocionalmente más, cuantas personas se habrán quedado en el camino.
Tampoco quiero hablar de los políticos, de los nuestros y de los de otros, que como Isabel y Fernando, "Tanto monta, monta tanto".
Hoy no, no quiero pensar. ¡A tomar por saco; voy a probar el bizcocho!