jueves, 10 de junio de 2010

Re-entrada

Hace casi un año que borré mi anterior blog, me gustaban más algunas entradas que otras, las del emisario Real de Enrique IV, son unas de mis favoritas, fueron 7 entradas, cada una con una misión, con un recorrido, y la verdad, escribiendolo aprendí mucho de geografía Castellana, es una historia que debería continuar, y que puede que me anime a seguir.
Bueno a lo que voy, que el que yo quisiera desaparecer de la vida de alguien no significa que tenga que eliminar mis entradas anteriores, y ahí os dejo una que me quedó bien, ahí os la dejo.
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¡¡¡CON LO INCOMODOS QUE SON LOS TACONES!!!

Cualquiera que quiera tener argumentos para una novela, sólo tiene que pasear en Metro, por sus estaciones y observar disimuladamente en sus vagones.
He visto muchas cosas en mis diarios viajes, algunas tan asquerosas, relacionadas con las fosas nasales, que prefiero no describir, otras graciosas, amables, y hasta tiernas.
He visto todo tipo de mendigos, cantando sus males en busca de una limosna, músicos de instrumentos rarísimos de dudoso talento musical, y hasta he visto actuaciones de cómicos amateurs haciendo callo con el público menos receptivo que uno pueda encontrar.

La de hoy, sin ser especialmente escandalosa, me ha llamado mucho la atención.

Estación de Sol, acabo de hacer trasbordo, dejo que todos los que entran delante de mí tomen asiento, me apoyo en un extremo del vagón, me resulta más cómodo ir de pie, sentarse con la fila de enfrente llena de ojos observando, me incomoda, aunque yo haga exactamente lo mismo y mire de reojo a quien me interesa.
El tren pita avisando el cierre de puertas.
Un chico llega corriendo, un libro en la mano, haciendo señas al conductor para que espere unos segundos, su carrera es un poco rara.
Entra justo de tiempo en mi mismo vagón, se cierran las puertas.
Me fijo en que es muy alto, de no más de 30 años, delgado pero musculoso, lleva el pelo rapado tratando de disimular su incipiente calvicie, una camiseta marrón de algodón y un vaquero, una bandolera negra le cuelga del hombro, y su libro en la mano.
Nada raro, un tipo normal, si no fuera porque lleva unas sandalias con plataformas y tacones.
¡Tate! ¡Ahora entiendo ese balaceo en la carrera hacia el vagón!
Le observo disimuladamente, mira de arriba abajo, sin disimulo, a un chico con traje y corbata que va a mi lado. Conmigo no gasta ni un segundo.
Se imbuye en la lectura de su libro, y leo de reojo el titulo; “Diario de un seductor”

¡El titulo le iba que ni pintado!