Apenas he dormido, llegué a casa el domingo para ver la mitad de la carrera de Alonso, y cuando celebraba el 3º puesto, ha llamado mi tío Julián.
Por un momento pensé que era para decirme que ya había nacido Carmen, su primera nieta, pero la noticia no era buena.
Una prima hermana de mi padre, octogenaria, estaba ingresada, y los médicos no le daban muchas horas de vida.
Luisita, es muy cariñosa conmigo, yo le llamo tía, aunque no sé bien qué somos.
Cuando murió mi padre, mi hermano y yo heredamos el negocio familiar, y yo, además heredé la responsabilidad de atender a los mayores de la familia, que hasta entonces habían sido cosa de mi padre.
Supongo que fue la soltería, o que heredé el carácter paciente de mi padre, o que mi hermano tenía hijos pequeños y muchas otras cosas en la cabeza, y me tocó a mí esa herencia. (Ya podía haber sido un Marquesado con tierras)
Antes de jubilarse Luisita, a los 75 años lo menos, le visitaba mucho en el estanco que regentaban ella y su hermano Pepe en la calle Clavel.
Era un local precioso, con ese aire del XIX, que fue cuando su padre inauguró el estanco a bombo y platillo, el mismo día que se abría al tráfico la Gran Vía.
El padre de Luisita y Pepe fue de los primeros en elegir local en las nuevas calles del Madrid que Alfonso XIII ideó.
El padre de Luisita era un hombre de posibles y buena posición, quizás por eso nunca se trató mucho con la familia de su mujer, o sea hermana de mi abuela y madre de mi padre, que eran menos pudientes.
El caso es que por aquel entonces nadie preveía la importancia que tendría la Gran Vía cien años más tarde, y suponiendo que la calle Caballero de Gracia iba a ser una vía con más proyección, el padre prefirió comprar un local en Clavel, a medio camino entre ambas calles, que si bien no fue mal negocio ¡Imagínate tú lo que habría sido el estanco en la mismísima Gran Vía!
Si, cada vez que me acercaba a verles, el local era un bullicio constante, con amigos de Pepe a todas horas en la trastienda hablando de toros, que es su pasión.
Cuando los dos se jubilaron, seguí visitándoles en Chueca, su casa da a la plaza.
En esa casa nacieron los dos; Luisita y Pepe, y él dice que de allí sólo lo sacarán con los pies por delante.
Oportunidad tuvieron de mudarse mil veces, el estanco fue un próspero negocio, pero ninguno quiso dejar su casa, en una tercera planta de un edificio sin ascensor.
Aquella había sido su casa siempre y no concebían otro lugar al que llamar hogar.
Primero los yonkis; daba miedo entrar al barrio, y luego llegaron los gays;
¡Mi tia Luisita que era de misa diaria!
Estaba encantada con la nueva vida del barrio, tiendas, bares, gente joven besuqueándose a todas horas.
Las veces que salí a pasear con ella, le saludaban desde todos los locales que pasábamos. Porque ella nunca dejó de ser una jovencita, octogenaria, con bastón, pero una jovencita, coqueta y delicada.
Eso sí, la semana del Orgullo se cerraban las ventanas, las contraventanas, se bajaban las persianas y se echaban los visillos; demasiado espectáculo para mis tíos.
Bueno, hoy la he visitado en el hospital, creo que va a ser mi última visita, hace meses sufrió una embolia que la acabó de rematar la poca cabeza que le quedaba.
Su hermano Pepe tiene diagnosticado Alzheimer, y ya tampoco me reconoce.
Han tenido una vida plena, llena de afecto, de amigos, de vida social, de viajes, de comodidades, las enfermedades graves les visitaron tarde, para instalarse definitivamente eso sí, pero ya mayores.
Mi padre vivió cuarenta años menos que ellos; toda una vida; la mía sin ir más lejos.
Es curioso pensar que en estos días Luisita se irá, pero, a su vez, ha llegado Carmen; este mediodía le hemos visto la carita; la primera nieta de mi tío Julián.
La vida es así; unos van y otros vienen.