Me gusta dibujar, me gustaba desde bien peque.
Yo tendría cinco o seis años cuando mis padres contrataron a una persona para vender la casa en la que vivíamos, en el rato que conversaron y llegaron a algún acuerdo yo dibujé un payaso, inocente, infantil y colorido, antes de marcharse se lo regalé a aquel desconocido, con su consecuente sorpresa.
En algún cumple me regalaron un caballete y un bastidor con números para colorear con óleo, recuerdo vagamente que era un paisaje con árboles, no se me despinta el color verde, intenso y oscuro de las copas. Supongo que mi obra de arte acabó en la basura en alguna de las muchas mudanzas que hizo la familia en los siguientes años, el caballete se lo regalé a una arquitecto, esa fue la última mudanza del caballete.
Durante muchos años arrinconé la pintura de mi vida, la sustituí por mi otra pasión; la escritura, con letras pintaba historias y las llenaba de color, al menos lo intentaba.
No debía tener ni trece años cuando en el cole estábamos estudiando “La tragicomedia de Calisto y Melibea” más conocida como “La Celestina”, recuerdo que me quede en casa con uno de esos arranques de fiebre que tienen los cuerpos adolescentes para dar un estirón, cuando la fiebre me dejó libre unas horas escribí mi primera y única tragicomedia y se la leí a mi madre en la cocina, mientras cocinaba, pobre, que paciencia.
Dibujo y escribo mal, no vayamos a equivocarnos, pero me gusta, me llena, me entretiene, y lo más importante, me hace feliz.
Tengo en mi despacho dos cuadros míos colgados, uno es una copia de “La villa Medici”, que es una de mis pinturas favoritas y me enorgullece haberlo copiado y que me quedara tan pintón, no sé si algún día me atreveré con “Los fusilamientos del 2 de mayo”, todo se andará. ¡Aúpa!