El primer día de fase dos empieza interesante.
Una de las cosas buenas que me ha traído la la pandemia es la hora de la siesta, sofá en casa o sofá del despacho y unos minutitos después de comer caigo en brazos de Morfeo.
Cuando empieza el calor no la perdono, y aunque no hay día que no me despierte el teléfono, esos diez minutos de relax me renuevan.
Hoy he tenido uno de mis sueños surrealistas que tanto me gustan y que que de puro raros logro recordar; he viajado a un Ikea de Alemania, sip, en la Germany. Yo ni papa del idioma y me las he visto y deseado para hacer entender a un matrimonio, muy alemanes ellos, que el ascensor no funcionaba, luego me he dado un paseito por una calle amplia, con muchos árboles y todo muy organizado, todo digno de mi idea de lo que debe ser el país de Merkel.
Al despertar me he preguntado ¿Qué puñetas hago yo en un Ikea, y encima de Alemania? ¿No había otro más cerca? ¿Y cómo sabía que era Alemania?
Pues ni puñetera idea de las respuestas.
Si Fromm levantara la cabeza se iba a divertir conmigo.