martes, 23 de junio de 2020

Calor en la noche de San Juan.

Solo quien ha vivido las fiestas de San Juan a orillas del mediterráneo, o en el barrio en el que crecí en Madrid; barrio de San Juan, comprende que el rito de fuego es algo más que juerga y verbena.
Hace tiempo escribí lo que os dejo hoy aquí, anhelando que las hogueras ardan esta noche, aunque este año solo sea en mis sueños.



Me resultaba imposible conciliar el sueño.
La noche de San Juan, la más corta del año, al menos amanecería pronto y volvería a la rutina diaria.
Me levanté de la cama de mal humor, sudando cuan pollo.
Salí a la terraza a fumar un cigarro al fresco, me senté en el suelo, apoyé la espalda en la pared de ladrillo rojo, crucé las piernas y miré a la calle, ni un coche circulaba a las cuatro de la mañana.
Me resultó extraño no escuchar cláxones, ni ruido de motos o voces de gente, desierta mi calle parecía otra calle, otra ciudad.
Di una calada profunda, las ventanas del edificio de enfrente estaban oscuras, ni una luz.
Sentí el silencio rodearme y lo escuché denso en mis oidos.
Levanté los ojos al cielo, intentando quitarme esa extraña sensación de soledad que me embargaba, la luna resplandecía llena, y las estrellas fulgían con un brillo inusual.
¿Lucían así siempre o sólo en la noche de San Juan?
Sin dejar de mirar a la luna di otra calada, el humo que expulsé rodeó al astro cual nebulosa, unos segundos, hasta desaparecer.
Había algo mágico, esa luna llena, el silencio, a esa misma hora habría hogueras por todos lados, playas llenas de gente celebrando la llegada de la luz, del verano, del calor, ese ancestral rito del fuego, de la pasión.
Miré la pavesa del cigarro, yo también tenía fuego, aunque fuera esa miseria, sonreí por mi propia tontería, di una calada para avivarlo, el pitillo estaba casi consumido.
Miré de nuevo al edificio de enfrente, en una habitación alguien había encendido una luz, la curiosidad me pudo, esperé hasta ver la figura de una mujer ir y venir por una sala, pronto la oscuridad volvió a reinar en el edificio.
No era el calor lo que me provocaba el insomnio, eran los recuerdos que me quemaban como las piras que en esos momentos ardían en media península.
Fuego en la noche de San Juan.
Respiré profundamente, ahora ya no conseguiría dormir en toda la noche, miré de nuevo las estrellas y reconocí Casiopea.
Cerré lo ojos, vano intento por si el sueño me atrapaba, fue inútil, pero aún sin dormir, soñé que estaba frente al mar, sobre la arena fresca de una playa, la luna llena iluminado el cielo se reflejaba en las calmadas aguas del mar, mi mirada se perdió en el horizonte, mirando sin ver, sintiéndome parte del paisaje, como un grano de arena más en la infinita playa de la vida.
Me tumbé boca arriba, las estrellas y la luna eran las únicas luces que veía, nada podía romper la paz y el encanto de aquel momento.
Extendí los brazos, intentando en vano fundirme con la arena y ser para siempre parte de tu playa, y sentí la humedad de tu tierra en mis dedos.
Magia en la noche de San Juan.
Tu mano tocó mi mano. Enlazamos los dedos. No me sobresalté. Giré la cabeza y te vi a mi lado, mirándome, con la cabeza reposando sobre la otra mano, el codo hincado en la arena.
Sonreímos.
Tus ojos brillaban como llamas ¡Me abrasabas!
Pasión en la noche de San Juan.
Abrí los ojos. El edificio seguía oscuro, la calle desierta, la noche tranquila.
Entré a la habitación.
Te vi durmiendo, tu cuerpo desnudo boca abajo sobre la cama revuelta, una mano colgando fuera.
Me senté en el suelo a tu lado y mis dedos rozaron tus dedos.
Enlazamos las manos.
Sonreíste y abriste los ojos; ¡Puro fuego!
Tiraste de mí hacia la cama, caí junto a ti, nos abrazamos fuerte.
Noche de San Juan, llena de calor, de fuego, de magia, de pasión, para siempre llena de ti.