Hace años, cuando estaba en la facultad y vivía en mi añorado Torrelodones (ahorrarse la rima, gracias) mi medio de transporte era el tren cercanías, líneas Chamartin-Segovia y Chamartin-Cantoblanco, me conocía los horarios de memoria, más de una leche me di, con mi habitual agilidad, corriendo a la estación porque perdía el tren y se me descuadraba el siguiente tren.
Cinco añitos de traqueteo hasta que me licencié.
Tuve compañeros y compañeras viajeros de todo tipo en esos años, desde un muchacho que se quitó los zapatos para estar más cómodo y acabamos todos los viajeros mudándonos sigilosamente a otro vagón, ale el mozo no veas lo a gusto que se quedó.
Recuerdo otro que cayó en brazos de Morfeo y se oían sus ronquidos desde Cercedilla, mi padre, que ese día venía conmigo, y yo nos tronchamos de la risa, mi padre que también roncaba lo suyo, me decía; ¡tú no me dejes dormirme eh!
Pero estos días, no sé por qué, quizás porque el trabajo me ocupa mas tiempo del que quisiera, me acuerdo de un tipo que se sentó a mi lado en el tren un día lluvioso.
Sacó un libro con la portada gris, yo ya estaba con el mío entre las manos, de reojo miré que tipo de lectura era, supongo que él echó un vistazo al mío, y no sé cómo, acabamos charlando y no leyendo.
La conversación fue agradable, distendida, hablamos de filosofía en cuanto supo que yo estudiaba esa materia, del blanco, del negro y de los millones de grises que tienen todas las cosas.
Cuando ya estaba cerca de Torrelodones me confesó que a él lo que le daba la vida eran esos ratos, viajando camino a casa, leyendo, sumergiéndose en las paginas de los libros, olvidando la rutina de su día a día.
No entendí entonces lo que aquel desconocido me contaba, yo con 18 años tenía millones de planes e ilusiones, además de leer.
Estas semanas he comprendido.
Llegar a casa, ponerme el pijama, tirarme en la cama y encender el libro electrónico se ha convertido, estos días, en mi máxima aspiración vital.