domingo, 22 de noviembre de 2015

II Parte y última

De pronto el sonido de las campanillas de la puerta, sonaron.
Luis levantó la vista y vio a Niko, apenas un niño grande, pelusa en el bigote, pelo sucio y ropa de poco abrigo para una noche como aquella, llevaba un montón de periódicos “Farolas” dentro de una carpetilla transparente que las resguardaba no sólo de la posible lluvia, sino del sobe que llevaban después de estar todo el día en las manos del chico. Sonrió mecánicamente y extendió la mano donde llevaba los periódicos, ofreciéndole a Luis para que le comprara o le diera algo:
-      Mal día, mucho frío, hambre – dijo Niko.
-      Venga hombre, estoy a punto de cerrar, no me des la tabarra, no hay clientes a los que puedas vender,  déjame cerrar – dijo saliendo del mostrador, quitándose el delantal de plástico grueso que usaba para no mancharse, estaba acostumbrado a tratar con emigrantes y aquel casi hombre no era ningún problema para él, dejó el delantal sobre el mostrador, junto al dinero que estaba contando hasta el momento que Niko entró.
-      Mucho frío, por favor – insistió casi suplicando,  y lanzó una mirada de soslayo, que no se le escapó a Luis,  al montón de billetes que este había dejado sobre el mostrador.
-      Lo siento hijo, yo también he tenido muy mal día, poco dinero hoy, venga marchate- dijo señalándole la puerta, estaba claro que el chico apenas hablaba cuatro palabras en español; hambre, frío, por favor y mal día, tendría que hacerse entender por señas.
Niko aceptó que le echara, como lo había hecho cientos de veces ese día, sacado a empujones de restaurantes caros donde la gente se gastaba de una sentada lo que a su madre le duraría unas semanas para toda la familia. Bajó la cabeza y se giró para salir.
-      Espera. Toma anda – dijo Luis mientras se volvía hacia el dinero y cogía unas monedas para dárselas al chico, apenas doscientas pesetas. ¿Qué le suponían a él? ¿Un paquete de Ducados?
Sonaron de nuevo las campanillas de la puerta mientras Luis se afanaba en coger las monedas del mostrador, giró la cabeza y vio como Niko salía a la carrera de la tienda con unas cajas de galletas y bombones que hasta ese momento estaban en una estantería de su negocio.
-      ¡Me cago en sus muertos, será cabrón!  - gritó mientras reaccionaba y abría la puerta para insultarle bien alto.
-      ¡Devuélveme las cajas, no seas idiota, suéltalas! ¡Joder suéltalas coño! – grito Luis, con el puño en alto, aún con las monedas dentro.
El chico estaba a más de cien metros y alcanzarle era imposible, ambos lo sabían, Niko se paró junto a unos luminosos y sonrió maliciosamente a Luis. Este reaccionó como Niko esperaba, como un miura al que citan con la muleta, el tendero salió tras él y Niko se carcajeó bien alto del tipo gordito que pretendía cogerlo, esto cabreó aún más a Luis, quien ya no tenía apenas resuello, pero continuó detrás de él por algunas calles más.
Niko no corría a toda velocidad, sino que mantenía la distancia con el tendero, parecía estar divirtiéndose, jugando con él, giraba la cabeza de vez en cuando para ver por donde venía su perseguidor, corría mientras miraba atrás. Se reía a carcajadas del pesado correr del tendero, de repente algo golpeó la cabeza del chico y este sintió que todo su cuerpo perdía fuerza, se desplomó en el suelo como el muñeco de un ventrílocuo al que sacan la mano que le dirige.
 Luis oyó un golpe metálico y aceleró lo que pudo para cazar a ese hijo de puta, quizá se hubiera tropezado y, con un poco de suerte, se habría roto una pierna contra el duro suelo, por cabrón.
Lo que encontró fue al chico tirado boca abajo sobre la acera de la calle, junto a la farola con la que se había golpeado en la cabeza, con la cara vuelta hacia la izquierda, con los ojos muy abiertos y un resto de una sonrisa estúpida en la cara.

Las cajas se habían abierto al caer, desparramándose por el asfalto bombones y galletas, los periódicos se habían salido de su carpetilla protectora y se ensuciaban con la mugre de la calle.

Que ironía Dios, pensó el tendero, con la “farola” se gana la vida y con una ídem se ha chocado dejándolo a mi merced, sonrió como sonríen los jugadores tras un farol que les hace ganar mucho dinero.

Luis estaba parado junto a Niko tratando de que el aire le ventilara los pulmones, con las manos apoyadas sobre las rodillas, miró al chico y vio como un  hilillo de sangre le salía de la nariz.

Luis sintió como su propia sangre se helaba en un segundo.

Una vez, hacía años, Luis, presenció una pelea entre dos borrachos, uno de ellos golpeó al otro con una barra de hierro en la nuca; lo mató del golpe y también a aquel borracho muerto le corría un rastro de sangre por la nariz.

Se agachó y levantó la cabeza de Niko, esperando que se levantara y echara a correr de nuevo entre risas e insultos húngaros, pero no se movió un milímetro, ni parpadeó siquiera, y cuando Luis se dio cuenta de lo que estaba pasando, gritó como nunca lo había hecho antes:

-      ¡Socorro, llamen una ambulancia! ¡Por Dios Santo, llamen una ambulancia!

A los diez minutos escasos el Samur apareció con sus luces y sirena encendida, pero ya no había nada que hacer, Niko estaba muerto sobre el asfalto, entre galletas, bombones y periódicos.

Luis tenía las manos llenas de sangre de un muchacho de apenas veinte años que se ganaba la vida en la calle.