De
pronto el sonido de las campanillas de la puerta, sonaron.
Luis
levantó la vista y vio a Niko, apenas un niño grande, pelusa en el bigote, pelo
sucio y ropa de poco abrigo para una noche como aquella, llevaba un montón de periódicos
“Farolas” dentro de una carpetilla transparente que las resguardaba no sólo de
la posible lluvia, sino del sobe que llevaban después de estar todo el día en
las manos del chico. Sonrió mecánicamente y extendió la mano donde llevaba los
periódicos, ofreciéndole a Luis para que le comprara o le diera algo:
-
Mal
día, mucho frío, hambre – dijo Niko.
-
Venga
hombre, estoy a punto de cerrar, no me des la tabarra, no hay clientes a los
que puedas vender, déjame cerrar – dijo
saliendo del mostrador, quitándose el delantal de plástico grueso que usaba
para no mancharse, estaba acostumbrado a tratar con emigrantes y aquel casi
hombre no era ningún problema para él, dejó el delantal sobre el mostrador,
junto al dinero que estaba contando hasta el momento que Niko entró.
-
Mucho
frío, por favor – insistió casi suplicando,
y lanzó una mirada de soslayo, que no se le escapó a Luis, al montón de billetes que este había dejado
sobre el mostrador.
-
Lo
siento hijo, yo también he tenido muy mal día, poco dinero hoy, venga marchate-
dijo señalándole la puerta, estaba claro que el chico apenas hablaba cuatro
palabras en español; hambre, frío, por favor y mal día, tendría que hacerse
entender por señas.
Niko
aceptó que le echara, como lo había hecho cientos de veces ese día, sacado a
empujones de restaurantes caros donde la gente se gastaba de una sentada lo que
a su madre le duraría unas semanas para toda la familia. Bajó la cabeza y se
giró para salir.
-
Espera.
Toma anda – dijo Luis mientras se volvía hacia el dinero y cogía unas monedas
para dárselas al chico, apenas doscientas pesetas. ¿Qué le suponían a él? ¿Un
paquete de Ducados?
Sonaron
de nuevo las campanillas de la puerta mientras Luis se afanaba en coger las
monedas del mostrador, giró la cabeza y vio como Niko salía a la carrera de la
tienda con unas cajas de galletas y bombones que hasta ese momento estaban en
una estantería de su negocio.
-
¡Me
cago en sus muertos, será cabrón! - gritó
mientras reaccionaba y abría la puerta para insultarle bien alto.
-
¡Devuélveme
las cajas, no seas idiota, suéltalas! ¡Joder suéltalas coño! – grito Luis, con
el puño en alto, aún con las monedas dentro.
El
chico estaba a más de cien metros y alcanzarle era imposible, ambos lo sabían,
Niko se paró junto a unos luminosos y sonrió maliciosamente a Luis. Este
reaccionó como Niko esperaba, como un miura al que citan con la muleta, el
tendero salió tras él y Niko se carcajeó bien alto del tipo gordito que
pretendía cogerlo, esto cabreó aún más a Luis, quien ya no tenía apenas
resuello, pero continuó detrás de él por algunas calles más.
Niko
no corría a toda velocidad, sino que mantenía la distancia con el tendero,
parecía estar divirtiéndose, jugando con él, giraba la cabeza de vez en cuando
para ver por donde venía su perseguidor, corría mientras miraba atrás. Se reía
a carcajadas del pesado correr del tendero, de repente algo golpeó la cabeza
del chico y este sintió que todo su cuerpo perdía fuerza, se desplomó en el
suelo como el muñeco de un ventrílocuo al que sacan la mano que le dirige.
Luis oyó un golpe metálico y aceleró lo que
pudo para cazar a ese hijo de puta, quizá se hubiera tropezado y, con un poco
de suerte, se habría roto una pierna contra el duro suelo, por cabrón.
Lo que encontró fue al chico tirado boca abajo sobre la
acera de la calle, junto a la farola con la que se había golpeado en la cabeza,
con la cara vuelta hacia la izquierda, con los ojos muy abiertos y un resto de
una sonrisa estúpida en la cara.
Las cajas se habían abierto al caer, desparramándose por el
asfalto bombones y galletas, los periódicos se habían salido de su carpetilla
protectora y se ensuciaban con la mugre de la calle.
Que
ironía Dios, pensó el tendero, con la “farola” se gana la vida y con una ídem
se ha chocado dejándolo a mi merced, sonrió como sonríen los jugadores tras un
farol que les hace ganar mucho dinero.
Luis
estaba parado junto a Niko tratando de que el aire le ventilara los pulmones,
con las manos apoyadas sobre las rodillas, miró al chico y vio como un hilillo de sangre le salía de la nariz.
Luis
sintió como su propia sangre se helaba en un segundo.
Una
vez, hacía años, Luis, presenció una pelea entre dos borrachos, uno de ellos
golpeó al otro con una barra de hierro en la nuca; lo mató del golpe y también
a aquel borracho muerto le corría un rastro de sangre por la nariz.
Se
agachó y levantó la cabeza de Niko, esperando que se levantara y echara a
correr de nuevo entre risas e insultos húngaros, pero no se movió un milímetro,
ni parpadeó siquiera, y cuando Luis se dio cuenta de lo que estaba pasando,
gritó como nunca lo había hecho antes:
-
¡Socorro,
llamen una ambulancia! ¡Por Dios Santo, llamen una ambulancia!
A los diez minutos escasos el Samur apareció con sus luces y
sirena encendida, pero ya no había nada que hacer, Niko estaba muerto sobre el
asfalto, entre galletas, bombones y periódicos.
Luis tenía las manos llenas
de sangre de un muchacho de apenas veinte años que se ganaba la vida en la
calle.