sábado, 21 de noviembre de 2015

¡En el nombre Dios!

Escribí este relatito hace bastante, baste ver que aún era la peseta la moneda de curso legal.
Me desperté un día de buena mañana teniendo el vívido recuerdo de haber soñado esto que dejo en dos partes, mañana la segunda y última.



-      ¡En el nombre de Dios! Sólo le grité un par de veces que se parara, sólo un par de veces, y salí detrás de él sabiendo que no lo alcanzaría, que sus piernas, con apenas veinte años,  me sacarían una ventaja insalvable. No sé porque le seguí unos cientos de metros, supongo que fue un acto reflejo, sólo quería asustarle para que no volviera por allí a espantar a los clientes.  Fue un accidente, lo juro yo no quería hacerle daño al chico, lo juro por mis hijos… por mis hijos, yo también tengo un hijo de su edad.

Después de estas palabras se tapó la cara con las manos ensangrentadas, manos grandes de quien ha trabajado toda su vida.
Se echó a llorar, tratando, inútilmente, que sus gemidos no fueran escuchados por los policías que le interrogaban.
Los agentes se miraron con complicidad y no dijeron nada, estaban delante del supuesto asesino de un muchacho de 19 años de origen húngaro que se ganaba la vida en la calle, vendiendo “la farola”, en algún semáforo de Madrid y, cuando la ocasión era propicia, tratando de engañar a algún “guiri” para birlarle la cámara de vídeo o la cartera.
Apenas diecinueve años y estaba muerto; el culpable estaba sollozando sobre una mesa de la comisaría del distrito centro.

Unas horas antes, el hombre que ahora se lamentaba contaba billetes de cien pesetas tras el mostrador de su tienda de ultramarinos en la calle de los Reyes, una calle estrecha, en un barrio decadente donde lo que abunda son  viejos y pobres.
Era un local pequeño, apenas treinta metros y un almacén en el sótano, de los que van desapareciendo de las ciudades grandes, en el centro apenas se ven ya tiendas de comestibles, sólo “Mc Donals”, “Pans and Cías”, “Todos a cien”, restaurantes de menú para los oficinistas de alrededor y bares donde se vende de todo menos vino.
Antiguos negocios que desaparecían dando paso a grandes superficies donde uno puede comprar desde un alfiler a una máquina segadora para campos de golf.
La clientela de Luis no era exactamente selecta, la mayoría eran emigrantes; Chinos, colombianos, peruanos, marroquíes, polacos, la excepción era algunos paisanos nacionales, con traje raído, modelo “mejor le quedaba al muerto”, que entraban a la hora de comer a por una barra de pan y un poco de jamón o chorizo para hacerse unos bocadillos y así ahorrarse el ticket de comida en algún restaurante de la zona.
Luis les abría el pan y hasta les metía el embutido dentro como un buen padre que se preocupa por sus hijos.
Su mujer, Ana, le acompañaba siempre en la pequeña tienda.
Despachaban juntos a la parroquia, Luis contaba algún viejo chiste al cobrar, así les dolía menos soltar la tela, solía decirle a Ana.
El mayor de sus tres hijos se ocupaba de echar una mano cuando volvía de la facultad.
Sería el primero en todas las generaciones precedentes de Luis y Ana en obtener un título universitario, se encargaba de colocar cajas en el almacén,  reponer la mercancía más pesada, ordenar y mantener todo limpio, así se ahorraba el gimnasio, le decía su madre con mucha guasa.
Los otros dos, gemelos, se llevaban con el mayor ocho años y eran aún muy pequeños para tomarse en serio el negocio familiar que les daba de comer, pero cuando su padre les decía que le ayudaran los sábados por la mañana para que el mayor pudiera salir o estudiar, ellos no oponían ninguna resistencia.

Fue el jueves por la noche, sobre de las ocho, ya noche cerrada en pleno frío febrero madrileño, Luis estaba a punto de cerrar, hacía caja, sobre el pulido mostrador, contando los escasos beneficios del día, hacía mucho frío en la calle y la gente se resistía a salir de compras con semejante temperatura, los meses de invierno no eran los mejores para un pequeño comercio en una calle poco transitada de la zona centro.
De pronto el sonido de las campanillas de la puerta del local, sonaron.