Escribí este relatito hace bastante, baste ver que aún era la peseta la moneda de curso legal.
Me desperté un día de buena mañana teniendo el vívido recuerdo de haber soñado esto que dejo en dos partes, mañana la segunda y última.
-
¡En
el nombre de Dios! Sólo le grité un par de veces que se parara, sólo un par de
veces, y salí detrás de él sabiendo que no lo alcanzaría, que sus piernas, con
apenas veinte años, me sacarían una
ventaja insalvable. No sé porque le seguí unos cientos de metros, supongo que
fue un acto reflejo, sólo quería asustarle para que no volviera por allí a
espantar a los clientes. Fue un
accidente, lo juro yo no quería hacerle daño al chico, lo juro por mis hijos…
por mis hijos, yo también tengo un hijo de su edad.
Después
de estas palabras se tapó la cara con las manos ensangrentadas, manos grandes
de quien ha trabajado toda su vida.
Se echó a llorar, tratando, inútilmente,
que sus gemidos no fueran escuchados por los policías que le interrogaban.
Los
agentes se miraron con complicidad y no dijeron nada, estaban delante del
supuesto asesino de un muchacho de 19 años de origen húngaro que se ganaba la
vida en la calle, vendiendo “la farola”, en algún semáforo de Madrid y, cuando
la ocasión era propicia, tratando de engañar a algún “guiri” para birlarle la
cámara de vídeo o la cartera.
Apenas
diecinueve años y estaba muerto; el culpable estaba sollozando sobre una mesa
de la comisaría del distrito centro.
Unas
horas antes, el hombre que ahora se lamentaba contaba billetes de cien pesetas tras el
mostrador de su tienda de ultramarinos en la calle de los Reyes, una calle
estrecha, en un barrio decadente donde lo que abunda son viejos y pobres.
Era
un local pequeño, apenas treinta metros y un almacén en el sótano, de los que
van desapareciendo de las ciudades grandes, en el centro apenas se ven ya tiendas de
comestibles, sólo “Mc Donals”, “Pans and Cías”, “Todos a cien”, restaurantes de
menú para los oficinistas de alrededor y bares donde se vende de todo menos
vino.
Antiguos negocios que desaparecían dando paso a grandes superficies donde
uno puede comprar desde un alfiler a una máquina segadora para campos de golf.
La
clientela de Luis no era exactamente selecta, la mayoría eran emigrantes;
Chinos, colombianos, peruanos, marroquíes, polacos, la excepción era algunos
paisanos nacionales, con traje raído, modelo “mejor le quedaba al muerto”, que
entraban a la hora de comer a por una barra de pan y un poco de jamón o chorizo
para hacerse unos bocadillos y así ahorrarse el ticket de comida en algún restaurante
de la zona.
Luis les abría el pan y hasta les metía el embutido dentro como un
buen padre que se preocupa por sus hijos.
Su
mujer, Ana, le acompañaba siempre en la pequeña tienda.
Despachaban juntos a la parroquia, Luis contaba algún viejo chiste al cobrar, así les
dolía menos soltar la tela, solía decirle a Ana.
El
mayor de sus tres hijos se ocupaba de echar una mano cuando volvía de la
facultad.
Sería
el primero en todas las generaciones precedentes de Luis y Ana en obtener un título universitario, se encargaba de colocar cajas en el almacén, reponer la mercancía más pesada, ordenar y
mantener todo limpio, así se ahorraba el gimnasio, le decía su madre con mucha
guasa.
Los
otros dos, gemelos, se llevaban con el mayor ocho años y eran aún muy pequeños
para tomarse en serio el negocio familiar que les daba de comer, pero cuando su
padre les decía que le ayudaran los sábados por la mañana para que el mayor
pudiera salir o estudiar, ellos no oponían ninguna resistencia.
Fue
el jueves por la noche, sobre de las ocho, ya noche cerrada en pleno frío
febrero madrileño, Luis estaba a punto de cerrar, hacía caja, sobre el pulido
mostrador, contando los escasos beneficios del día, hacía mucho frío en la
calle y la gente se resistía a salir de compras con semejante temperatura, los
meses de invierno no eran los mejores para un pequeño comercio en una calle
poco transitada de la zona centro.
De
pronto el sonido de las campanillas de la puerta del local, sonaron.