Quien me conozca sabrá que me gusta la novela negra y que leo casi todo lo que cae en mis manos de esa temática. Ahora estoy leyendo un libro, que no voy a recomendar, cuyo protagonista es un asesino en serie que decapita a sus víctimas y las deja en contenedores de basura.
Con decir que ha matado hasta a su madre, ya se puede uno hacer a la idea de lo sangriento del libro.
Bien, la cosa es que ya estoy terminándolo y el asesino se está quedando solo, en el último capítulo ha matado a tres sin que la policía sea capaz de pillarle, aunque ya le van pisando los talones, que para algo es una novela y los polis son los buenos.
A consecuencia de una lectura tan "relajante" esta noche soñé que me mataban, si que me asesinaban, y el arma homicida era un rotulador negro.
Es lo que tienen los sueños, que el subconsciente va por donde le da la gana.
Estaba en un edificio vacío, algo así como un colegio en fin de semana, limpio y sin un alma.
Me retenía una sola persona que escuchaba música clásica mientras jugueteaba con un bote lleno de rotuladores de colores, de esos cortos con la punta gorda que usan en los mercados de abastos para cambiar los precios de un día para otro.
En un despiste de mi carcelero, y haciendo un alarde de valentía por mi parte, le subí el volumen de la música, provocando que mi guardián se sobresaltara unos segundos, los cuales aproveché para salir corriendo, bajar dos pisos a toda mecha sin tropezar, y encontrarme en un patio abierto donde aquel ser humano, no sé si era hombre o mujer, me alcanzaba, me atrapaba, me tiraba al suelo y me mataba con un rotulador negro.
Me he despertado con taquicardia, dolor en los tobillos y brazos, creo que hasta he gritado.
La sensación de dolor no me ha desaparecido hasta unos minutos más tarde de desvelarme, es asombroso el poder de la mente, espero que esta noche mi subconsciente me recompense con el pronóstico del Gordo de Navidad.