lunes, 30 de noviembre de 2015

Menudencias

A veces la vida llega y te da un buen sopapo en la cara y te devuelve a la realidad.
Esta mañana uno de mis mejores clientes me ha dejado caer que va a escuchar ofertas de mi competencia. No es que me haya enfadado, porque unos clientes van y otros vienen, pero jorobarme, si, me ha jorobado. Todo el día estuve dándole vueltas al asunto, pensando en la pasta que se me podía escapar si finalmente se va a otro despacho.
Así que ha sido un lunes regular desde primera hora. 
Al volver a casa, paseando y escuchando a Amy Whitehouse y su "Back to black" a todo volumen he olvidado un rato "mi gran problema"
Pero el whatsapp me ha rematado. El fallecimiento de alguien siempre me hace replantearme todo, me zarandea y me coloca en mi sitio, todos mis "grandes problemas" se hacen diminutos, se evaporan y todo cobra su verdadera dimensión.
No puedo, no debo quejarme.
Lamentablemente, mañana volveré a cabrearme cuando un cliente mal educado me toque las narices y las cosas pequeñas, ínfimas, se me harán montañas gigantescas, hasta que otra persona cercana se vaya al otro barrio y todo lo fundamental se me colocarña de nuevo, para volver a descolocarse por alguna bobada, y así hasta el infinito y sea yo quien se vaya "pa allá" y un alguien que me aprecie repare en lo imbéciles que somos los seres humanos, valorando tanto lo que no tienen valor, y no dandole importancia a lo que de verdad la tiene.




jueves, 26 de noviembre de 2015

Thanksgiving

Hoy es  la fiesta de Thanksgiving en EEUU.
Hace años viví mi propio día de Acción de gracias en Miami.
El tiempo de la beca en la universidad Barry fue una de las mejores etapas de mi vida, conocí gente con la que aún conservo la amistad.
Arturo; un panameño superdotado que con apenas 20 años ya estaba terminando su segunda ingeniería. Vete tu a saber porqué le caí bien, me dejaba prestado su coche automático para que me paseara por la ciudad con Isabelle, me invitó al único concierto de Paco de Lucia al que he asistido; fue escuchar los primeros acordes de la guitarra del maestro y los vellos como escarpias, tuve que aguantarme las lágrimas, ya ves tú ni que Antonio Molina se hubiera arrancado con "El emigrante".
Isabelle; una parisina con la que me reía y me entendí a la perfección a pesar de nuestro inglés macarronico, fue la persona que más me costó dejar cuando regresé a España.
Afortunadamente la vida nos ha dado más oportunidades de encontrarnos.
Lo mismo me pasó con Mimi y Kimy, dos norte americanas que recalaron en Madrid en su periplo europeo, y con las que que recordé momentos inolvidables en los días que compartimos apartamento.
Wilson, Inga, Hans, Marcela, y muchos otros a los que recuerdo perfectamente, aunque sus nombres se me han ido borrando, yo y mi magnifica memoria.
Con ellos pasé mi cena de Acción de gracias de hace muchos años, en el enorme comedor de la universidad, solo una mesa ocupada por todos nosotros, el resto de cientos de alumnos estaban en sus casas, con sus familias.
Comí pavo, bebí coca cola hasta hartarme y paseé por un campus extrañamente desierto.
Ha llovido tela desde aquellos días, pero todos siguen presentes en mi recuerdo, espero que mi nombre no se les haya olvidado a ellos. (Aunque la edad va haciendo estragos en todos)

domingo, 22 de noviembre de 2015

II Parte y última

De pronto el sonido de las campanillas de la puerta, sonaron.
Luis levantó la vista y vio a Niko, apenas un niño grande, pelusa en el bigote, pelo sucio y ropa de poco abrigo para una noche como aquella, llevaba un montón de periódicos “Farolas” dentro de una carpetilla transparente que las resguardaba no sólo de la posible lluvia, sino del sobe que llevaban después de estar todo el día en las manos del chico. Sonrió mecánicamente y extendió la mano donde llevaba los periódicos, ofreciéndole a Luis para que le comprara o le diera algo:
-      Mal día, mucho frío, hambre – dijo Niko.
-      Venga hombre, estoy a punto de cerrar, no me des la tabarra, no hay clientes a los que puedas vender,  déjame cerrar – dijo saliendo del mostrador, quitándose el delantal de plástico grueso que usaba para no mancharse, estaba acostumbrado a tratar con emigrantes y aquel casi hombre no era ningún problema para él, dejó el delantal sobre el mostrador, junto al dinero que estaba contando hasta el momento que Niko entró.
-      Mucho frío, por favor – insistió casi suplicando,  y lanzó una mirada de soslayo, que no se le escapó a Luis,  al montón de billetes que este había dejado sobre el mostrador.
-      Lo siento hijo, yo también he tenido muy mal día, poco dinero hoy, venga marchate- dijo señalándole la puerta, estaba claro que el chico apenas hablaba cuatro palabras en español; hambre, frío, por favor y mal día, tendría que hacerse entender por señas.
Niko aceptó que le echara, como lo había hecho cientos de veces ese día, sacado a empujones de restaurantes caros donde la gente se gastaba de una sentada lo que a su madre le duraría unas semanas para toda la familia. Bajó la cabeza y se giró para salir.
-      Espera. Toma anda – dijo Luis mientras se volvía hacia el dinero y cogía unas monedas para dárselas al chico, apenas doscientas pesetas. ¿Qué le suponían a él? ¿Un paquete de Ducados?
Sonaron de nuevo las campanillas de la puerta mientras Luis se afanaba en coger las monedas del mostrador, giró la cabeza y vio como Niko salía a la carrera de la tienda con unas cajas de galletas y bombones que hasta ese momento estaban en una estantería de su negocio.
-      ¡Me cago en sus muertos, será cabrón!  - gritó mientras reaccionaba y abría la puerta para insultarle bien alto.
-      ¡Devuélveme las cajas, no seas idiota, suéltalas! ¡Joder suéltalas coño! – grito Luis, con el puño en alto, aún con las monedas dentro.
El chico estaba a más de cien metros y alcanzarle era imposible, ambos lo sabían, Niko se paró junto a unos luminosos y sonrió maliciosamente a Luis. Este reaccionó como Niko esperaba, como un miura al que citan con la muleta, el tendero salió tras él y Niko se carcajeó bien alto del tipo gordito que pretendía cogerlo, esto cabreó aún más a Luis, quien ya no tenía apenas resuello, pero continuó detrás de él por algunas calles más.
Niko no corría a toda velocidad, sino que mantenía la distancia con el tendero, parecía estar divirtiéndose, jugando con él, giraba la cabeza de vez en cuando para ver por donde venía su perseguidor, corría mientras miraba atrás. Se reía a carcajadas del pesado correr del tendero, de repente algo golpeó la cabeza del chico y este sintió que todo su cuerpo perdía fuerza, se desplomó en el suelo como el muñeco de un ventrílocuo al que sacan la mano que le dirige.
 Luis oyó un golpe metálico y aceleró lo que pudo para cazar a ese hijo de puta, quizá se hubiera tropezado y, con un poco de suerte, se habría roto una pierna contra el duro suelo, por cabrón.
Lo que encontró fue al chico tirado boca abajo sobre la acera de la calle, junto a la farola con la que se había golpeado en la cabeza, con la cara vuelta hacia la izquierda, con los ojos muy abiertos y un resto de una sonrisa estúpida en la cara.

Las cajas se habían abierto al caer, desparramándose por el asfalto bombones y galletas, los periódicos se habían salido de su carpetilla protectora y se ensuciaban con la mugre de la calle.

Que ironía Dios, pensó el tendero, con la “farola” se gana la vida y con una ídem se ha chocado dejándolo a mi merced, sonrió como sonríen los jugadores tras un farol que les hace ganar mucho dinero.

Luis estaba parado junto a Niko tratando de que el aire le ventilara los pulmones, con las manos apoyadas sobre las rodillas, miró al chico y vio como un  hilillo de sangre le salía de la nariz.

Luis sintió como su propia sangre se helaba en un segundo.

Una vez, hacía años, Luis, presenció una pelea entre dos borrachos, uno de ellos golpeó al otro con una barra de hierro en la nuca; lo mató del golpe y también a aquel borracho muerto le corría un rastro de sangre por la nariz.

Se agachó y levantó la cabeza de Niko, esperando que se levantara y echara a correr de nuevo entre risas e insultos húngaros, pero no se movió un milímetro, ni parpadeó siquiera, y cuando Luis se dio cuenta de lo que estaba pasando, gritó como nunca lo había hecho antes:

-      ¡Socorro, llamen una ambulancia! ¡Por Dios Santo, llamen una ambulancia!

A los diez minutos escasos el Samur apareció con sus luces y sirena encendida, pero ya no había nada que hacer, Niko estaba muerto sobre el asfalto, entre galletas, bombones y periódicos.

Luis tenía las manos llenas de sangre de un muchacho de apenas veinte años que se ganaba la vida en la calle. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

¡En el nombre Dios!

Escribí este relatito hace bastante, baste ver que aún era la peseta la moneda de curso legal.
Me desperté un día de buena mañana teniendo el vívido recuerdo de haber soñado esto que dejo en dos partes, mañana la segunda y última.



-      ¡En el nombre de Dios! Sólo le grité un par de veces que se parara, sólo un par de veces, y salí detrás de él sabiendo que no lo alcanzaría, que sus piernas, con apenas veinte años,  me sacarían una ventaja insalvable. No sé porque le seguí unos cientos de metros, supongo que fue un acto reflejo, sólo quería asustarle para que no volviera por allí a espantar a los clientes.  Fue un accidente, lo juro yo no quería hacerle daño al chico, lo juro por mis hijos… por mis hijos, yo también tengo un hijo de su edad.

Después de estas palabras se tapó la cara con las manos ensangrentadas, manos grandes de quien ha trabajado toda su vida.
Se echó a llorar, tratando, inútilmente, que sus gemidos no fueran escuchados por los policías que le interrogaban.
Los agentes se miraron con complicidad y no dijeron nada, estaban delante del supuesto asesino de un muchacho de 19 años de origen húngaro que se ganaba la vida en la calle, vendiendo “la farola”, en algún semáforo de Madrid y, cuando la ocasión era propicia, tratando de engañar a algún “guiri” para birlarle la cámara de vídeo o la cartera.
Apenas diecinueve años y estaba muerto; el culpable estaba sollozando sobre una mesa de la comisaría del distrito centro.

Unas horas antes, el hombre que ahora se lamentaba contaba billetes de cien pesetas tras el mostrador de su tienda de ultramarinos en la calle de los Reyes, una calle estrecha, en un barrio decadente donde lo que abunda son  viejos y pobres.
Era un local pequeño, apenas treinta metros y un almacén en el sótano, de los que van desapareciendo de las ciudades grandes, en el centro apenas se ven ya tiendas de comestibles, sólo “Mc Donals”, “Pans and Cías”, “Todos a cien”, restaurantes de menú para los oficinistas de alrededor y bares donde se vende de todo menos vino.
Antiguos negocios que desaparecían dando paso a grandes superficies donde uno puede comprar desde un alfiler a una máquina segadora para campos de golf.
La clientela de Luis no era exactamente selecta, la mayoría eran emigrantes; Chinos, colombianos, peruanos, marroquíes, polacos, la excepción era algunos paisanos nacionales, con traje raído, modelo “mejor le quedaba al muerto”, que entraban a la hora de comer a por una barra de pan y un poco de jamón o chorizo para hacerse unos bocadillos y así ahorrarse el ticket de comida en algún restaurante de la zona.
Luis les abría el pan y hasta les metía el embutido dentro como un buen padre que se preocupa por sus hijos.
Su mujer, Ana, le acompañaba siempre en la pequeña tienda.
Despachaban juntos a la parroquia, Luis contaba algún viejo chiste al cobrar, así les dolía menos soltar la tela, solía decirle a Ana.
El mayor de sus tres hijos se ocupaba de echar una mano cuando volvía de la facultad.
Sería el primero en todas las generaciones precedentes de Luis y Ana en obtener un título universitario, se encargaba de colocar cajas en el almacén,  reponer la mercancía más pesada, ordenar y mantener todo limpio, así se ahorraba el gimnasio, le decía su madre con mucha guasa.
Los otros dos, gemelos, se llevaban con el mayor ocho años y eran aún muy pequeños para tomarse en serio el negocio familiar que les daba de comer, pero cuando su padre les decía que le ayudaran los sábados por la mañana para que el mayor pudiera salir o estudiar, ellos no oponían ninguna resistencia.

Fue el jueves por la noche, sobre de las ocho, ya noche cerrada en pleno frío febrero madrileño, Luis estaba a punto de cerrar, hacía caja, sobre el pulido mostrador, contando los escasos beneficios del día, hacía mucho frío en la calle y la gente se resistía a salir de compras con semejante temperatura, los meses de invierno no eran los mejores para un pequeño comercio en una calle poco transitada de la zona centro.
De pronto el sonido de las campanillas de la puerta del local, sonaron.

jueves, 19 de noviembre de 2015

De fuera vendrán...

Si, de fuera vendrán a enseñarte tu ciudad.
Los urbanitas creemos que dominamos nuestra cuidad como nadie, y he de confesar que saberse el callejero nada tiene que ver con conocer una cuidad.
Madrid es preciosa de día y de noche, los capitalinos apenas nos enteramos de lo hermosa que es nuestra urbe, siempre corriendo de acá para allá, sin levantar la mirada de los adoquines del suelo o de nuestros teléfonos móviles.
Tienen que venir de fuera, vikingos y vikingas, a enseñarnos que nuestra humilde cuidad merece un buen paseo por sus modernas avenidas o por sus céntricas callejas, llenas de historias de honor, honra y fama.
Hoy he paseado por calles centenarias, por lugares donde hace siglos hombres embozados sacaban a pasear sus espadas en noches de media luna,  he creído perderme en pasajes que sin querer, siempre, me llevaban a "La Catedral", al final, siempre el destino nos acaba llevando donde debemos estar.
Aquí os dejo una foto del renovado luminoso de Tio Pepe , me ha emocionado verlo, aunque esté en otra ubicación y siga iluminando la Puerta del Sol y a sus variopintas paseantes, a mi me gustaba más donde estaba antes, será que con la edad los cambios me desagradan más, quizás.
También me ha emocionado verte a ti, ojos de miel, aunque también estés ya en otra ubicación muy lejos del anuncio del Tío Pepe; buena vuelta a tu reino vikinga...

domingo, 15 de noviembre de 2015

París, Londres, Madrid, Nueva York.

Que no me malinterprete nadie. Solo reflexiono en alto.
Los atentados de París no me parecen justificables, bajo ningún concepto, pero me surgen preguntas, muchas, y la que más me inquieta es; ¿Por qué hombres y mujeres nacidos en Europa, educados como cualquier otro occidental deciden dejarlo todo, incluida su propia vida, y convertirse en radicales Islamistas suicidas y asesinos?
Si, no me olvido que su religión es el Islam, y que puede parecer que la cultura judeo-cristiana y el Islam chocan hasta el punto de ser incompatibles, pero yo no lo creo, tienen tanto en común, que si nos molestáramos en compararlas, nos sorprenderíamos, pero los egocéntricos occidentales no perdemos el tiempo en ombligos ajenos.
En Madrid hay Mezquitas, Iglesias Católicas, Iglesias Protestantes, Centros Mormones, Baptistas, Budistas y hasta Sintoístas. ¿Por qué los no islamistas no se han radicalizado?
Retrocedamos en el tiempo a la guerra del Golfo y a la caída de Saddam.
Hasta entonces el avispero religioso de los países islamistas, Sunitas, Chiítas, y sus respectivas corrientes internas, se mantenían en un delicado equilibrio, con escaramuzas locales de las que el resto del mundo apenas tenía noticias, choques por el poder político local camuflado por creencias religiosas.
La guerra del Golfo, 1990-1991, librada por Naciones Unidas (34 países) y liderada por Estados Unidos contra Irak, que había invadido Kuwait, fue el primer conflicto armado televisado hora a hora, vimos las atrocidades de ambos bandos, pero he de decir que la capacidad aniquiladora de occidente era mucho mayor, en apenas un año Kuwait recuperó sus campos petrolíferos y quedo eternamente agradecida a Naciones Unidas, siendo una fiel aliada en sus exportaciones de petróleo.
(Si en Kuwait en vez de abundancia de oro negro hubiese habido lechugas para alimentar a todos los veganos del mundo, ni Naciones Unidas ni nadie hubiera intervenido para salvar a los vegetarianos del mundo, claro que otra cosa muy distinta son las poderosas multinacionales petrolíferas)
Conviene recordar que en los años 80, Estados Unidos apoyó a Irak en su enfrentamiento con Irán, y que pocos años después de la victoria de Irak sobre Irán, Saddam aniquiló a miles de Kurdos con gas nervioso, ni Estados Unidos, ni Naciones Unidas hicieron nada por derrocar al asesino Saddam entonces, quien siguió gobernando bajo el estricto control de occidente.
En el 2003, y tras la horrible ofensa de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, año 2001, la coalición formada por Estados Unidos, Reino Unido, Australia, España y Polonia declararon la guerra a Irak, el pretexto fueron las jamás encontradas armas de destrucción masiva.
Cada día los informativos abrían con noticias de la guerra, de los avances de la coalición contra el dictador.
Los buenos, o sea nosotros los occidentales, íbamos ganando y lograríamos la victoria final, todo era triunfalismo; la democracia vencería a la dictadura.
Solo unos años después fuimos conscientes de las salvajadas cometidas contra civiles iraquíes, de no haber sido por las filtraciones de Wikileaks, seguiríamos en la inopia de la brutalidad de la coalición.
¿Alguien se ha percatado de que después de la caída de Saddam los noticiarios alejaron el foco de Irak?
De todo se aprende, los políticos y militares comprendieron que tanta difusión no era buena, para los menesteres bélicos la oscuridad va mucho mejor que las cámaras. (Que se lo digan a la familia Couso)
La opinión pública occidental se echó encima de sus líderes tras descubrir las mentiras de la coalición para intervenir en Irak, de su abuso de poder, de su interés económico y no ideológico.
Los ciudadanos de occidente no justificaban los medios para lograr el fin y de una manera muy democrática los presidentes de Estados Unidos, Reino Unido, España, Australia y Polonia, fueron apartados del poder político, en sus hojas de servicio una mancha quedará para la historia.
Desgraciadamente en España nos costó 193 muertos y 1858 heridos, sin contar los militares que se dejaron la vida por la bandera.
De aquellos mimbres salieron estos cestos.
En Europa las noticias han dejado de llegar, pero la guerra continua, miles de militares ocupan territorios en conflicto, empresas armamentísticas venden a diestro y siniestro sus últimos inventos demoledores y nosotros, pacíficos occidentales de a pie, hemos vuelto a nuestras confortables vidas, ignorantes del sufrimiento de otros.
¿Nos sigue extrañando que algunos se radicalicen hasta el punto de envolverse con un chaleco lleno de explosivos y reventarse rodeado de franceses, británicos o españoles?
Esta mañana he escuchado en la radio a una tertuliana que decía que había que aniquilar el estado Islámico, con toda la contundencia que las armas nos dan, (como si no lo estuvieran haciendo ahora mismo, con drones no tripulados)
He escuchado que debemos expulsar a los musulmanes, otro decía que España se tendría que declarar estado católico y no aconfesional como es ahora, y que se prohíban las Mezquitas.
Los occidentales, a pesar de ser los más avanzados tecnológica, social, económicamente estamos ciegos, se ocupan muy mucho de que lo estemos y la mayoría nos dejamos manipular como obedientes ovejitas; los pastores silban y todas al unísono nos movemos a donde manden.
Nos manipulan como quieren, algunos consentimos y nos ponemos la venda para no ver por pura cobardía, otros, con menos criterio, creen a pies juntillas lo que les dicen y se dejarían matar por ello.
¿Qué decir del nivel de manipulación de otras culturas no occidentales?
Vuelvo a la pregunta del principio.
¿Por qué hombres y mujeres nacidos en Europa, educados como cualquier otro occidental deciden dejarlo todo, incluida su vida, y convertirse en radicales Islamistas suicidas y asesinos?
No creo que el Islam sea la única respuesta.
Desde las cruzadas la religión ha sido la excusa para mangonear a los humanos, los poderosos mandaban a la muerte a otros, con el único fin de ser más importantes, más influyentes.
El poder político y la religión han estado íntimamente ligados durante demasiados años, tanto que, aún hoy siglos después de las cruzadas, creemos que los terroristas que el día 13 asesinaron a 129 personas en París lo hicieron para acabar con nuestra civilización judeo-cristiana.
Para mí solo es una lucha por poder político, disimulada por la cortina de la religión.

Fanáticos que empuñen las armas también los encontré yo esta mañana cuando escuchaba la radio.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Novela negra nocturna y sus consecuencias..

Quien me conozca sabrá que me gusta la novela negra y que leo casi todo lo que cae en mis manos de esa temática. Ahora estoy leyendo un libro, que no voy a recomendar, cuyo protagonista es un asesino en serie que decapita a sus víctimas y las deja en contenedores de basura.
Con decir que ha matado hasta a su madre, ya se puede uno hacer a la idea de lo sangriento del libro.
Bien, la cosa es que ya estoy terminándolo y el asesino se está quedando solo, en el último capítulo ha matado a tres sin que la policía sea capaz de pillarle, aunque ya le van pisando los talones, que para algo es una novela y los polis son los buenos.
A consecuencia de una lectura tan "relajante" esta noche soñé que me mataban, si que me asesinaban, y el arma homicida era un rotulador negro.
Es lo que tienen los sueños, que el subconsciente va por donde le da la gana.
Estaba en un edificio vacío, algo así como un colegio en fin de semana, limpio y sin un alma.
Me retenía una sola persona que escuchaba música clásica mientras jugueteaba con un bote lleno de rotuladores de colores, de esos cortos con la punta gorda que usan en los mercados de abastos para cambiar los precios de un día para otro.
En un despiste de mi carcelero, y haciendo un alarde de valentía por mi parte, le subí el volumen de la música, provocando que mi guardián se sobresaltara unos segundos, los cuales aproveché para salir corriendo, bajar dos pisos a toda mecha sin tropezar, y encontrarme en un patio abierto donde aquel ser humano, no sé si era hombre o mujer, me alcanzaba, me atrapaba, me tiraba al suelo y me mataba con un rotulador negro.
Me he despertado con taquicardia, dolor en los tobillos y brazos, creo que hasta he gritado.
La sensación de dolor no me ha desaparecido hasta unos minutos más tarde de desvelarme, es asombroso el poder de la mente, espero que esta noche mi subconsciente me recompense con el pronóstico del Gordo de Navidad.


lunes, 9 de noviembre de 2015

¡Hasta el moño de políticos y lo que nos queda hasta el día 20!

Una de mis pocas virtudes es la paciencia, pero cuantos más años cumplo menos paciencia me va quedando, va a ser que se gasta como las neuronas.
En algún rincón tengo algunas reservas, aunque para algunos temas se me agotó, se terminó, fin, punto y final.
Para los políticos ni una pizquita me queda. 
Les escucho hablar, sus grandes proyectos, sus promesas de mejoras, el maná prometido y la biblia en verso.
¿Siguen pensando que somos imbéciles?
Pues va a ser que sí, porque todos, todos, todos, hacen lo mismo, mentir para medrar.
Cada vez que les veo en la televisión, cambio de canal, y como estamos en campaña es acoso y derribo televisivo, conclusión; no veo la tele, no escucho la radio, no leo periódicos.
Al sistema habría que darle la vuelta como a un calcetín, menearlo como al olivo  y dejarlo que no lo conozca ni "la madre que lo parió".
¡Separación de poderes real ya! ¡Listas abiertas ya! 
Llevan décadas voceando que van a hacerlo, y cuando llegan al poder lo aparcan para que otros vuelvan a prometerlas, y así seguimos, como hamsters en la rueda.  
Mientras esto no pasé, seguirá habiendo Barcenas, Pujoles, tarjetas black, Púnicas, presidentes andaluces, y Esperanzas Aguirres cobrándonos su factura de la luz.



viernes, 6 de noviembre de 2015

Recuerdos, libros y trenes.

Hace años, cuando estaba en la facultad y vivía en mi añorado Torrelodones (ahorrarse la rima, gracias) mi medio de transporte era el tren cercanías, líneas Chamartin-Segovia y Chamartin-Cantoblanco, me conocía los horarios de memoria, más de una leche me di, con mi habitual agilidad, corriendo a la estación porque perdía el tren y se me descuadraba el siguiente tren.
Cinco añitos de traqueteo hasta que me licencié.
Tuve compañeros y compañeras viajeros de todo tipo en esos años, desde un muchacho que se quitó los zapatos para estar más cómodo y acabamos todos los viajeros mudándonos sigilosamente a otro vagón, ale el mozo no veas lo a gusto que se quedó.
Recuerdo otro que cayó en brazos de Morfeo y se oían sus ronquidos desde Cercedilla, mi padre, que ese día venía conmigo, y yo nos tronchamos de la risa, mi padre que también roncaba lo suyo, me decía; ¡tú no me dejes dormirme eh!
Pero estos días, no sé por qué, quizás porque el trabajo me ocupa mas tiempo del que quisiera, me acuerdo de un tipo que se sentó a mi lado en el tren un día lluvioso.
Sacó un libro con la portada gris, yo ya estaba con el mío entre las manos, de reojo miré que tipo de lectura era, supongo que él echó un vistazo al mío, y no sé cómo, acabamos charlando y no leyendo.
La conversación fue agradable, distendida, hablamos de filosofía en cuanto supo que yo estudiaba esa materia, del blanco, del negro y de los millones de grises que tienen todas las cosas.
Cuando ya estaba cerca de Torrelodones me confesó que a él lo que le daba la vida eran esos ratos, viajando camino a casa, leyendo, sumergiéndose en las paginas de los libros, olvidando la rutina de su día a día.
No entendí entonces lo que aquel desconocido me contaba, yo con 18 años tenía millones de planes e ilusiones, además de leer.
Estas semanas he comprendido.
Llegar a casa, ponerme el pijama, tirarme en la cama y encender el libro electrónico se ha convertido, estos días, en mi máxima aspiración vital.


domingo, 1 de noviembre de 2015

1 de noviembre. Día de Todos los Santos (Y no tan santos)

Día de visitas a cementerios, oraciones y recuerdos.
Hoy recordamos a nuestros muertos.
Quien ha sufrido la zarpa de la muerte no necesita ningún día señalado en el calendario para recordar, pero respeto a quienes se levantan temprano, hacen cola para entrar en el cementerio, y pagan un dineral por unas flores.
Yo prefiero ir cuando necesito recogerme en silencio y llorar sin testigos.
Mi mundo de Santos empieza y termina en la reja del cementerio.
Pero hay muchos mundos dentro del mundo. Y dentro de mi mundo de vivos hay unos cuantos muertos. Son los otros "no santos" los que sin estar enterrados han decidido, o he decidido, fenecer para mi.
A algunos, a veces, solo a veces, les hecho de menos, a otros puente de plata, explosión de puente y adiós buenas.
A mis muertos muertos les recuerdo hoy, como otros muchos días, con cariño y una sonrisa en los labios.
A mis muertos vivos les dedico esta entrada.