Hoy he vuelto a casa en metro.
No es que no quisiera darme mi paseo de vuelta a casa, sino que tenía que ir a ver al contable y llevarle todos los papeles del último trimestre del 2010.
Ya vendrá la peor parte, el cargo en la cuenta.
El 20 del mes que toca pagar, y tras ver el apunte en el banco, me lo paso entero con un cabreo de aupa, hablando pestes del gobierno, del que toque, porque a la hora de cobrarme unos cuantos miles de euros no hay derecha ni izquierda.
Bueno, pues he vuelto en Metro a casa, con Shakira a todo volumen en el mp4, tengo una versión cañera del Waka Waka que no me canso de escuchar.
A dos estaciones de casa ha entrado un hombre, con un amplificador en un carrito y una bolsa roja grande.
Ha encendido la música y ha empezado su espectáculo de magia con cuerdas.
Tendría unos cincuenta años largos, es la primera vez que veo magia entre estaciones, se ha quedado con todos los viajeros, y hasta he rebuscado en los bolsillos alguna moneda.
Una vez vi a un cómico, un chaval argentino que se gano al público en apenas unos minutos, nos hizo reír y creó una complicidad en los viajeros que nunca más he vuelto a sentir.
De repente el mago ha visto al vigilante de seguridad, se ha agachado, disimulando, pero no le ha servido de nada, le han cazado y le han puesto de patitas en el andén sin poder recaudar por su actuación.
Me he guardado el euro en el bolsillo y he pensado que es una lástima que a esta gente no la dejen tranquila ganarse la vida.