viernes, 6 de noviembre de 2020

Tarumba

Llevo un tiempo ausente, pero no dejo de pensar en los tres cientos muertos diarios que llevamos en esta semana. ¿Qué  puedo hacer yo? Pues quedarme en casa, aunque me joda, más me duele la muerte de tantas personas.
Llevo tambien un tiempo dándole vueltas a las estadísticas de los fallecidos.
La mayoría son mayores de sesenta y cinco años.
Muchos con patologías previas.
Resulta que el virus se ceba con estas personas ¿casualidad?
Ya he escrito en alguna otra entrada que no creo en las casualidades, mi profe de metafísica no me lo perdonaría, ni veinte años después de licenciarme.
Lo de que el virus es un invento humano empieza a no sonarme tan descabellado. 
Mi teoría conspiranoica, mi informe pelicano es:
Somos demasiados humanos en el mundo, hace años una guerra aniquilaba a millones de humanos y generaba hambre y riqueza a partes desiguales. Hoy una guerra en el primer mundo es impensable, después de Hirosima y Nagasaki, después de las bomba atómica y de hidrógeno, las guerras a “la antigua” no van a tener un escenario como Europa. ¿Casualidad que Europa haya sido el lugar con más muertos por no sé cuantos miles de habitantes? Nuestro continente, el más envejecido del mundo, va a tener unos cuantos cientos de miles de ancianos menos.
Los “jóvenes” que están falleciendo dejan puestos de trabajo vacantes.
El paradigma del trabajo y del consumo ha cambiado. 
El teletrabajo va a revolucionar todo.
¿Cuantos vamos a salir de la superpobladas ciudades para irnos a un pueblo con una buena conexión de internet? 
No sé, todo empieza a parecerme sospechoso, veo indicios de una limpieza de población mundial, muy sutil, muy bien enmascarada con un virus sin nación a la que culpar, un arma biológica simple y letal.
Ya digo, no sé, será que el confinamiento me ha vuelto tarumba.