Veo cada día, desde la ventana de mi nuevo despacho, a un hombre con bastón, pelo blanco y un chaleco verde.
Tendrá no menos de ochenta años y se le nota el carácter a distancia, apenas levanta los pies al caminar entre los árboles y cada día coge una silla de las que los vecinos dejan en el enorme jardín de su edificio y la arrastra hasta un claro donde se sienta de espaldas al sol, mirando las vías del tren.
Algunos gatos se acercan por si de sus bolsillos cayera alguna chuchería, juega con su bastón entre las piernas y pasa un rato contemplando los trenes pasar.
Hace unos meses no hubiera podido perder un solo segundo en contemplar al viejo desde mi ventana, primero y fundamental porque mi despacho daba a un patio de manzana, yo le llamaba "mi zulo", un lugar perfecto para concentrarse y trabajar sin parar.
Ahora, respiro, miro por la ventana, me tomo un café a la mañana viendo amanecer, y trabajo igual de bien, veo otras ventanas con luz a las siete de la mañana, somos legión teletrabajando.
Esta pandemia, ójala pronto llegue a su fin, dejará un panorama económico complicado, huecos en los corazones de demasiadas familias y muchas reflexiones.
Tantos hemos recapacitado sobre nuestras vidas.
La pandemia va a tener una parte positiva, si, entre tanto dolor, cambios vitales eternamente pospuestos van a acelerarse.
Me veo como el viejo del chaleco verde, mirando los trenes, soñando con subir a alguno y disfrutar del recorrido sin saber el destino, pintando el mar con sus hermosos azules.