No suelo ir a menudo al médico.
Me altero, me sube la tensión solo con ver una bata blanca con el bolsillo lleno de bolígrafos de colores.
Pero la edad no perdona y el cuerpo va pidiendo revisiones, más si cabe después de una noche Toledana de cólico nefrítico.
Analítica, ecografía y placa han tocado hoy en el hospital que me vio nacer.
Curiosa coincidencia, la única vez que estuve allí, hace unas pocas décadas, salí en los brazos de uno de mis progenitores, hoy entré en urgencias y por mi propio pie.
La analítica sin problema, llegar, pinchazo y a esperar que me llamaran para la placa.
Sala de rayos X; Entre, desnúdese de cintura para arriba, póngase esta batita, bájese el pantalón hasta las rodillas, túmbese, no se mueva, no respire. Clic.
Listo placa hecha.
A esperar de nuevo para la eco.
Tres personas esperaban turno para la misma prueba, han ido pasando uno tras otro sin que nadie interrumpiera mientras estaban dentro de la consulta.
Yo debo tener mala suerte o es que causo sensación, váyase usted a saber.
Me llama la enfermera; Entro en la sala de ecografias, nueva subida de camisa, bajada de pantalones y ropa interior.
¡Tres, tres veces han tenido que interrumpir al médico mientras me rebozaba con un liquido viscoso por todo el abdomen y parte bajas!
¡La puerta de la consulta abierta de par en par y yo allí con todas mis vergüenzas al aire, por que la enfermera ha considerado que no tenía suficientemente bajada la ropa interior y me la ha bajado sin miramiento mientras me tumbaba en la camilla!
¡Ale, que es gratis la diversión!
Cuando por fin he salido a la calle, lloviznaba y nunca la lluvia me resultó tan grata.