viernes, 18 de diciembre de 2015

Mañana en el metro

Después de unos cuantos días de baja forzosa, es lo que tienen los cólicos nefríticos de madrugada, vuelvo a mis paseos por las calles de mi adorado Madrid.
Hoy he tenido que ir al número 540 de la calle Alcalá, me da a mí que es la calle más larga de la ciudad, no conozco ninguna otra calle con 631 portales.
He tenido que hacer unos cuantos transbordos en el suburbano, y sorprendente en mi, no me he equivocado de línea ni me he metido en sentido contrario, cosas ambas bastante habituales en mi despiste de persona.
En un enlace entre la línea 5 y la 4 he tenido que andar por varios pasillos, en uno de ellos un músico tocaba el acordeón sentado en una silla.
Delante de mi caminaba una mujer de no menos de sesenta años, ha pasado delante del músico y ha empezado a llamar de todo al hombre, adjetivos que no voy a reproducir, pero lo resumiré todo en un "vete a tu puto país", todo el recorrido ha ido la moza gritándole insultos.
Él tampoco se ha callado, normal, y los dos han preferido gritos e improperios a la hermosa música del acordeón.
Según nos hemos ido alejando por le pasillo la "madame" ha dicho que un "buen bombazo se merecían todos los negros y gachupines, que le daban asco", y otras lindezas propias de una dama bien educada.
Bien sabía ella que yo iba detrás, ya que se había vuelto varias veces a hacer una bonita peineta al tipo del acordeón que seguía sentado, soltando, también, de todo por la extranjera boca.
Imagino que ella buscaba mi complicidad y mi apoyo, la he sobrepasado caminando, silbando la melodía que el músico tocaba antes del altercado, a buen entendedor pocas notas silbadas bastan.
Ella me ha mirado con desprecio, casi el mismo que yo he sentido y siento por ella.