jueves, 3 de marzo de 2011

Sigo dando guerra

Después de dos funerales, y ninguna boda, retomo el blog.

Y para que se note que sigo aquí, en pie, voy a quejarme, que es lo mío.
Vivo en una calle bastante ancha, y en mi paseito al trabajo procuro caminar por aceras anchas, me molesta bastante tropezar con los demás paseantes, y es que la ida y la vuelta a casa caminando son los minutos en los que voy pensando en mis cosas y un golpazo con otro peatón me desconcentraría.
La cosa es que últimamente, y esta es mi queja, no sólo yo elijo las aceras anchas para “circular”
Ya he tenido varios amagos de golpe, y es que van a toda mecha, dándole al pedal cuan “Alberto Contadores” cualquiera. No me quejo de los bicicletitas respetuosos que van a una velocidad moderada con sus niños en sus cestitas especiales, con sus cascos protectores, me quejo de los que van como subiendo el Alt Pedué.
Hay una mujer que me pasa, todos los días, como un suspiro por la acera que circunvala el parque del Canal, la señora debe tener unos cincuenta añitos y le mete a la bici el plato de más velocidad.
Va a clases de tenis mañaneras, lo deduzco de la raqueta que lleva colgada a la espalda, y debe ser que llega con el tiempo justo a la cancha, porque cuando me pasa sólo escucho; fffffffuuuuuuuiiiiiiiii, y ya está a cien metros la doña.
Y me pregunto yo ¿Por qué puñetas no van por la carretera como los vehículos de ruedas?
Resulta que hemos tardado años, los paseantes, en que hagan peatonales calles de todas las ciudades, y ahora llegan las bicis a ocuparlas.
Voy a empezar a pensar en comprarme una bici con motor para echarle carreras a la suicida de la raqueta.