Retomo esta gratificante tarea de contar historias.
Muchas cosas han pasado en estos años de ausencia, unas buenas otras no tanto, yo me quedo con las que me dejan una sonrisa en los labios, las demás quedan en mi memoria, pero son solo para mí.
Continúo con lo que Julia llamaba crónicas urbanas y que yo llamo historietas.
Hoy he cogido el metro, menuda novedad en mí que procuro ir a todas partes andando, siempre que no sean distancias muy largas.
Pues bien, he recorrido la línea cuatro enterita, de cabo a rabo, y en una de las estaciones se ha subido un hombre de unos sesenta años, pelo cano corto, barba bien afeitada, vaqueros y jersey limpios.
Se ha plantado en medio del vagón y nos ha relatado, en treinta segundos, que padecía del corazón, que no tenía familia a la que recurrir después de haber perdido el trabajo, que con la edad que tenía le era imposible encontrar trabajo, que el tribunal de la seguridad social le había negado pensión alguna, que no tenía más remedio que pedir para poder pagar la habitación en la que vivía, que por sus antecedentes de salud no nos importunaba para beber, ni drogarse.
Ah, se me olvidaba decir que el hombre era español.
En su discurso no había pena, ni su actitud era la de otros mendigos que pululan por el suburbano, había verdad en su historia, y la consecuencia ha sido que no menos de seis personas le han dado unas monedas y eso que no seríamos más de veinte en el vagón.
Una estudiante le ha sonreído al dejarle en la palma una moneda, y el hombre le ha dado las gracias y le ha devuelto la sonrisa deseándole que tuviera mucha suerte en sus exámenes.
Se ha bajado y ha seguido su recorrido por el tren.
Varias preguntas en mi cabeza me han hecho reflexionar durante el resto del trayecto.
¿Tanta generosidad era porque el hombre era español? o quizás por que su historia rezumaba verdad y dignidad.
He visto pedigüeños de toda clase; lisiados, cojos, mancos, deformados, acordeonistas, alcohólicos, organistas, cantantes de todo tipo y pelaje, drogadictos, humoristas y hasta payasos, pero nunca había visto a tantos pasajeros aflojarse el bolsillo al mismo tiempo.
He llegado a la conclusión de que la gente ayuda muchas veces por inercia, por pena, sin plantearse si lo que dan es para comer, beber o drogarse. También he concluido que somos solidarios, sin más.
Y que cuando algo nos llega al corazón, o al cerebro, o allá donde narices cada uno tenga la sensibilidad nos volcamos.