martes, 27 de julio de 2010

Tabaco


Detesto el tabaco.
Nunca he tenido el vicio del cigarrito en la boca, por mucho que se empeñe Sonia, no he salido a fumar a la calle, ni he perdido un minuto del desayuno por incrustarme en los pulmones la ración mañanera de nicotina.
Yo no he comprado una cajetilla de tabaco en mi vida, bueno en Estados Unidos si compraba y fumaba, pero vamos que si encendía un pitillo era de Pascuas a Ramos, y lo hacía por joder a los sanísimos yanquis, que luego de sanos no tenía nada.
La verdad es que la mayoría del tabaco que yo compraba se lo fumaba Hernando, que era estudiante de medicina y de “Puelto Lico” (Acento de Puerto Rico) y fumaba de gorra siempre.
Allí estábamos todos a la última pregunta.
Entonces yo tenía veintitantos y mi cuerpo aguantaba sin límite el tequila que Mimi, la mexicana con la que compartía apartamento, se empeñaba en que bebiera a morro, sin limón, sin sal, a pelo, aguantaba las juergas nocturnas y hacer que atendía por la mañana en clase, soportaba fumar y el humo de los demás, que no siempre era de tabaco, resistí desayunar, comer y cenar hamburguesas todos los días de Dios, logré pasar noches en la playa bailando, bebiendo, “socializando”, como decía Wilson, que se ligaba cualquier cosa que llevara falda... ¡Que buenos recuerdos! (The time of mi life)
En fin que me desvío, el tabaco hoy me da asco, me repugna besar a alguien que fuma, se me queda un olor en la boca que no me gusta nada.
Bueno, a lo que iba.
Hoy caminando al metro de Moncloa, he tenido que parar para poder cruzar la calle y, mientras esperaba que el semáforo se pusiera verde para peatones, he visto, enfrente, sentado en la calle a un tipo pidiendo.
Ayer también lo vi, es extrajero, muy alto, muy rubio, muy grande, con su lata de cerveza en la mano renegrida de roña.
Hablaba sólo, nadie parecía prestarle mucha atención.
Jugaba con algo pequeño y brillante entre sus grandes manos.
Cuando por fin he cruzado, he mirado disimuladamente, era una cajita de metal, la ha posado delicadamente en el cemento gris del suelo, la ha abierto y su gran tesoro eran tobas de cigarros encontradas por la calle.
Me he pasado todo el camino a casa pensando en él, aún sigo haciéndolo.
He sacado algunas conclusiones, pero la fundamental es que debo dejar de ser tan intransigente con los vicios ajenos.
Pero, por favor, si fumas; ¡¡no me eches el humo coño!!