Veo mendigos a diario, en los semáforos, en las calles, en las puertas de iglesias y mercados, en el metro.
Camino todos los días por Madrid,
Veo siempre al mismo chico negro en la puerta del Mercado de Maravillas ofreciendo “La Farola”, no vende ni un ejemplar, pero la gente le da los céntimos que han sobrado de la compra, dignifican su mendicidad.
Siguiendo camino veo a menudo, en una esquina de Gaztambide, a una mujer, si un día paso y no la encuentro, me extraño y me pregunto si le habrá pasado algo, pero al día siguiente vuelve a estar sentada en el mismo lugar, con su cantinela lastimera y su mano abierta.
Sé que hay mafias de mendicidad, y que la desgracia de algunos es el negocio de otros, y también sé que hay mucha pobre gente que no tiene otra forma de sobrevivir.
Hoy he visto algo que me ha llamado la atención.
En la Iglesia de San Antonio suele estar los mismos mendigos en la puerta a las nueve de la mañana, por la tarde hay otros, se reparten los turnos, como en un trabajo normal.
Hoy además de los chicos de siempre había otros dos nuevos;
Una mujer, joven, sentada en un banco, frente a la puerta de la iglesia, con una sabanita rosa en el suelo y un cuenco para las limosnas en medio de la sabana, como la bandera de Japón, pero todo en rosa.
Frente a la puerta de la Iglesia, en medio de la calle, arrodillado sobre un grueso cojín, un hombre, joven, con los brazos extendidos y un cartel a sus rodillas.
Sé que el panorama laboral está mal, lo he odio mil veces en estos últimos años, pero ahora empiezo a verlo con mis propios ojos, y me asusta.