domingo, 20 de diciembre de 2015

20D Día de rodaje

Para quien me conozca sabrá que las fotografías, las cámaras no son lo mío, cuando veo un objetivo me meto detrás de cualquier cosa que me tape, bajo la cabeza, vaya que me escondo, y eso que cuando me cazan no doy mal en cámara, aunque esté mal decirlo.
Bien, pues hoy he participado en un cortometraje. Me han liado.
El corto es una metáfora de la falta de comunicación en la sociedad actual.
Todos teníamos que ir de color oscuro, y llevar un teléfono móvil con auriculares.
El prota es un escritor que busca ideas en un autobús repleto de gente, lo que se encuentra son pasajeros aislados con sus teléfonos móviles.
He aprendido hoy que ese era el método que utilizaba el gran Rafael Azcona; se montaba en el metro o en un bus, con su sempiterna libreta, tomaba notas de lo que veía u oía, y lo convertía en una escena o un diálogo para una película.
Ahora entiendo lo sólido de las pelis que tienen un guión suyo.
Sin querer compararme, yo hago lo mismo, el metro, la calle, es la que me nutre de imágenes que luego trato de traducir a palabras, y aunque no siempre lo logro, estoy en ello.
Yo no escribo guiones, ni me lo planteo siquiera, escribir más de tres páginas me supone un esfuerzo, pero me hace una ilusión enorme que, sin saberlo, el gran maestro Azcona y yo busquemos la fuente de nuestra inspiración en los mismos sitios.
Ah, y por si alguien quiere ver el corto, se llama "Historias de lo cotidiano".

viernes, 18 de diciembre de 2015

Mañana en el metro

Después de unos cuantos días de baja forzosa, es lo que tienen los cólicos nefríticos de madrugada, vuelvo a mis paseos por las calles de mi adorado Madrid.
Hoy he tenido que ir al número 540 de la calle Alcalá, me da a mí que es la calle más larga de la ciudad, no conozco ninguna otra calle con 631 portales.
He tenido que hacer unos cuantos transbordos en el suburbano, y sorprendente en mi, no me he equivocado de línea ni me he metido en sentido contrario, cosas ambas bastante habituales en mi despiste de persona.
En un enlace entre la línea 5 y la 4 he tenido que andar por varios pasillos, en uno de ellos un músico tocaba el acordeón sentado en una silla.
Delante de mi caminaba una mujer de no menos de sesenta años, ha pasado delante del músico y ha empezado a llamar de todo al hombre, adjetivos que no voy a reproducir, pero lo resumiré todo en un "vete a tu puto país", todo el recorrido ha ido la moza gritándole insultos.
Él tampoco se ha callado, normal, y los dos han preferido gritos e improperios a la hermosa música del acordeón.
Según nos hemos ido alejando por le pasillo la "madame" ha dicho que un "buen bombazo se merecían todos los negros y gachupines, que le daban asco", y otras lindezas propias de una dama bien educada.
Bien sabía ella que yo iba detrás, ya que se había vuelto varias veces a hacer una bonita peineta al tipo del acordeón que seguía sentado, soltando, también, de todo por la extranjera boca.
Imagino que ella buscaba mi complicidad y mi apoyo, la he sobrepasado caminando, silbando la melodía que el músico tocaba antes del altercado, a buen entendedor pocas notas silbadas bastan.
Ella me ha mirado con desprecio, casi el mismo que yo he sentido y siento por ella.