Viernes de la semana pasada, vuelta a casa a última hora de la tarde, miro el suelo o a los escaparates mientras camino, me cruzo con extraños que me miran con la misma mirada interrogante con la que yo les miro a ellos.
De repente veo una cara que me hace parar en seco. Me paro a su lado, está sentada en una terraza, tomando un café, lee entretenida una revista, no ha reparado en que tiene metro setenta y cinco de persona mirándole fijamente.
Dudo, está cambiada ¿Será ella o no?
Estoy a punto de irme cuando levanta la cabeza y me mira interrogante, esos ojos no tienen pérdida, es ella.
Le sonrió y le digo quien soy.
No parece reconocerme, me apena que no sepa quien soy, repite mi nombre esforzándose ¡Con lo importante que fue ella para mi!
Pero lo entiendo, han pasado tanto años, calculo que unas tres décadas.
En tan solo unos segundos se me acumulan cientos de recuerdos maravillosos, mi adolescencia, mi primera juventud, nombres y apellidos de compañeros de clase me vienen como flechas a la memoria, en los minutos que charlamos, y hacemos un resumen de estos treinta años, vuelvo a ser aquella persona llena de ilusiones, que se comía el mundo a bocados sin masticar, que creía saberlo todo.
Me dice que sí, que va acordándose de mí, yo creo que miente para quedar bien, pero no me importa, se lo agradezco, me vuelve a hacer sentir especial.
Nos despedimos, no sé si volveremos a vernos, lo dudo.
Sigo caminando a casa, voy con una sonrisa boba en la cara, revivo los días en los que Inmaculada, la profesora de inglés, entraba en clase con su "Good morning" y nos hablaba de "Cinderella", cuantas cosas aprendí con ella, fue una de las culpables de que nunca dejara de tener interés por otras lenguas, cuanto se lo agradeceré siempre.
Inmaculada enseñó a miles de alumnos ¿Cómo podía pensar que se acordaría a mí?
Me conformo con que me dijera que sí, que si se iba acordando de mi al despedirnos.