Salgo todos los fines de semana a caminar, hay que bajar el exceso de calorías que traen estos días, los domingos voy a una oficina de loterías que abre en festivos, a tentar la suerte, como le digo a mi sobrino Leo; solo así voy a conseguir ser millonetis, porque trabajando no será, que me crujen nuestros amigos de hacienda cada trimestre de lo lindo.
De ilusión también se vive.
Bueno, el caso es que salí hace un par de semanas a caminar por esta ciudad que me acoge hace meses, a respirar aire marino y a broncearme los brazos y la cara. Tres kilómetros de ida, tres de vuelta, ultima parada la oficina de apuestas y vuelta a casa.
Cambié la ruta habitual y pasé por la plaza del ayuntamiento, donde todos los domingos hay un mercadillo de viejo, yo les llamo así a estos puestos donde puedes encontrar un reloj de pulsera parado hace años, una figurita de porcelana descolorida, una cámara de fotos que ya no retratará a nada ni a nadie, colecciones de monedas y sellos, en fin todo tipo de reliquias sin gran valor.
Apenas presté atención a las mercancías. Más en una de las mesas vi un cuadro que llamó mi atención; una pequeña Madonna con el niño en brazos. Me recordó a las Madonnas de Leonardo, el mismo estilo, una increíble delicadeza en el rostro de la madre.
Me encanto y me sorprendió verlo entre tanta chatarra.
Pensé en preguntar, solo por cotillear un poco con el viejo que se sentaba junto a la mesa llena de antiguallas, pero no lo hice. ¿Como iba a haber un Leonardo en un mercadillo en una ciudad del mediterráneo?
Lo dejé allí para que otro comprador se hiciera con él, volví a casa pensando en el cuadro, no me lo quité de la cabeza durante toda la semana.
Por un lado, y para justificar no haber preguntado al viejo, me auto convencí de que para qué quería yo un cuadro, como si no tuviera bastante con los que pinto yo ¿Y si me hubiera pedido más de cien euros? ¿Y si, y si y si?
Joder.
¿Y si fuera un Leonardo? No sería la primera vez que se encuentra un tesoro en un mercadillo ¿Porque no iba a pasarme a mi? ¡Hasta soñé con el puñetero cuadro esa semana! ¿Porqué puñetas no lo compré?
Volvió a ser domingo y volví a la oficina de apuestas a dejarme unos cuantos eurillos en la primitiva. Si hubiera metido todos los eurillos que he gastado en primitiva en una caja creo que me hubiera podido comprar un coche de los buenos, en fin, ilusión y perseverancia no me falta.
Y volví a pasar por el mercadillo, tenía la seguridad de que el cuadrito con la Madonna ya no estaría, que alguien, más espabilado y menos imbecil que yo, se lo habría llevado la semana anterior, pero ¡oh sorpresa! Allí seguía mi Madonna. Para allá que me fui sin pensarlo, a que el vendedor me contara algo de su historia.
El tipo era encantador, bajito, con una larga barba blanca bajo la mascarilla, me comentó que estaba jubilado, que él había tenido una tienda de antigüedades y que con el puesto se entretenía y se quitaba el gusanillo, pero que con la sexta ola del covid se estaba planteando no volver a la plaza hasta que el virus estuviera controlado, que el cuadro tendría unos setenta años y que había investigado y no sabía quién lo había pintado.
Le pedí ver más de cerca el cuadrito, una vez que tuve en las manos, ya no hubo marcha atrás, le pregunté precio, amagué con irme, le pedí rebaja y compré la Madonna.
Ahora lo tengo en mi habitación, lo miro desde la cama y me preguntó para que lo compré, también cada semana me pregunto para qué puñetas sigo gastándome el dinero en la primitiva. La Madonna es preciosa ¿y si fuera un cuadro de Leonardo perdido? ¿Y si la lotería me saca de pobre algún día?
Lo dicho, de ilusión también se vive.