Hacia meses que no veía al tipo que se sienta en mi calle maquillado y vestido como un payaso, como un payaso de los que veíamos en el circo con seis años, cara blanca, peluca de color chillón, ojos enormes y zapatones.
Mendiga sentado en una banqueta, no habla y no mira a los que pasamos por su lado.
Le habré visto, no sé si exagero si digo, cientos de veces, igual si exagero, pero muchas veces seguro.
Nunca le he visto sonreír, diría que su gesto es de una enorme tristeza.
El caso es que con la que caía este medio día en los Madriles, estaba el muchacho, aunque ronde los sesenta fácil, sentado junto al cartelito donde se resume su caída en desgracia.
No iba maquillado, ni llevaba puesto su vestido de payaso, una camiseta y un pantalón corto eran su indumentaria.
He visto varios tatuajes en su piel, uno de ellos eran el nombre y el apellido de una mujer.
Me ha sobrecogido pensar en quien sería esa mujer; ¿un amor, el nombre de su hija, de su madre?
Tatuarse el nombre de pila de un ser querido, pase, mira Melany y su famoso y ya borrado “Antonio”, pero el apellido también, me ha chocado, hasta que he caído en que podía ser su única forma de avisar a esa persona si él muriera.
La calle es dura, no hay misericordia en ella, la rapiña es el pan nuestro de cada día, pero ese mensaje, ese nombre y apellidos tatuados en su pierna no se lo podrán arrebatar ni vivo ni muerto.