He vuelto al Metro, si, llevo cargando la tarjeta de transporte varias semanas, tras el traspié con la baldosa de la calle, el esquince de tobillo, la fisura de costilla y el codo mal parado, no he tenido más remedio que abandonar mis paseos de ida y vuelta a la oficina.
Que le voy a hacer, nací torpe, ya llevo tres esguinces por un mal paso en los últimos años.
El caso es que en el Metro se ven cosas increíbles, asombrosas.
Es un mundo subterráneo donde los especímenes que se pasean rara vez se ven por las calles de la ciudad, pero en un vagón de metro nos juntamos de tó..
En estos días he visto músicos, magos, mendigos, yonkis, punkies, en fin un poco de todo, pero confieso que ayer vi algo que no sé si me sorprendió más que me asqueó.
Un "Alfredo Landa", más joven, mas gordo, mas calvo y más feo que D. Alfredo, con su traje, estilo conserje de los 60, entró en el vagón.
Es verdad, tengo alma de portera, me fijo en la gente, escucho conversaciones ajenas, analizo gestos y actitudes ¿Y qué si soy cotilla?
Puede que si tu me estás leyendo, también sea porque eres un poco cotilla.
El caso es que el muchacho, que no tendría ni treinta años aunque parecía que tuviera 50, empezó a hurgarse la nariz, sin disimulo, el tío.
¡Y atención! ¡Se sacó los mocos, los miró detenidamente y se los comío con visible regocijo!
A pesar de que el tren iba lleno, las personas a su lado no vomitaron ni nada, supongo que fue porque todos estaban pendientes de sus teléfonos móviles, con sus mensajes y sus juegos adictivos.
Yo aparté la mirada.
¡Que cerdo! ¡Que puerco! ¡Que hambre no tendría el muchacho!
¡Ays, maldita baldosa que se cruzó en mi camino! ¡Con lo preciosa que está Madrid estos días y yo sin poder quitarme la imagen del puerco ese comiéndose los mocos!