viernes, 8 de noviembre de 2019

Mientras dure la guerra

Me siguen dando vueltas en la cabeza frases de la última película de Alejandro Amenabar.
Reflexiones, pensamientos Unamunianos.
Pasado mañana votamos de nuevo en una España dividida, mañana noviembre del 2019.
En la película, julio de 1936, se repiten palabras que apenas escuche hace unos días en la televisión o en la radio, bandos políticos que apoyan en las mismas ideas, en los mismos odios del 36.
La España de las revanchas, país siempre a la gresca.
No aprendemos, dejamos que los políticos campen a sus anchas , haciéndonos creer que su palabras huecas son pensamientos o ideas.
Somos rebaño ignorante, fácil de dominar.
¿Donde están los intelectuales que osen disentir, dudar o pensar  con siendo crítico?
Solo escucho opinadores, hoy gritan A y mañana B según quien pague.
Si Don Miguel levantara la cabeza y viera el panorama, ochenta y tres años después... ¡se volvía a morir!


miércoles, 19 de junio de 2019

Sorpresa, sorpresa..

Hay noticias que, tocándome de refilón, se me quedarán dando vueltas por la cabeza todo el día, o toda la semana.
Hoy he hablado con la viuda de alguien a quien yo apreciaba, era colega de mi padre, es decir ya tenía una edad el “muchacho”.
Cuando mi padre murió heredamos el negocio y también heredamos a los colegas profesionales, y el finado era uno de ellos, así que le trataba a menudo, durante años vino por el despacho, al principio venía solo a resolver asuntos, cuando la salud empezó a fallar le acompañaba su hoy viuda.
Un tipo simpático, charlatán y fumador empedernido, murió casi con noventa años y un cigarro en la mano.
En la conversación de hoy, la pobre mujer, me contaba que todo se le hacía cuesta arriba con los papeles, recibos, cuentas bancarias, hacienda, herencia... Y aquí es donde ha saltado la sorpresa.
El bueno de Eugenio, el marido solicito, el padre de familia.. ¡Era bígamo!
A su muerte la mujer con la que llevaba casado setenta años, se dice pronto, encontró escondidos, en el fondo de los cajones de la mesa de trabajo de Eugenio, papeles y fotografías de sus otros hijos.
¡Con razón no la dejaba casi ni limpiar en su la habitación que aún utilizaba como despacho, para que no se enterara del pastel!
Transferencias mensuales a la otra y a sus otros hijos, facturas de regalos de reyes, cumpleaños y aniversarios, la escritura de una casa en otra provincia a nombre de los hijos desconocidos.
En fin, que me imagino la cara de gilipollas que se le debió quedar a la viuda oficial cuando descubrió en el notario la mentira, por no hablar de la devastación emocional tras años de mentira.
Los hijos de ambas mujeres, siendo hermanos ni siquiera sabían de la existencia de los otros.
No sé si me produce más sorpresa o más tristeza, el bueno de Eugenio.. ¡Menuda pieza!

domingo, 7 de abril de 2019

El gachí del café y el libro

Mis viaje en metro siguen siendo mi inspiración.
Sé de alumnos de cursos de escritura a los que como ejercicio práctico les piden que viajen en el suburbano con una libretita y que describan las situaciones que les llamen la atención, o que detallen la indumentaria de alguna persona que viaja en el vagón, para luego compartirlo con sus compañeros.
Tengo ganas de poder hacerlo yo también, aunque solo sea para reírme un rato luego releyendo mis anotaciones.
Lo malo es que suelo viajar en horas punta, así que los trenes van rebosantes de seres humanos recién lavados y peinados, o no, con lo que sentarme tranquilamente para poder desarrollar mis dotes descriptivas no es fácil, así que me conformo con observar y apuntar mentalmente detalles que luego se me desdibujan en la memoria, pero el rato que paso imaginando historietas no me lo quita nadie.
Ale, hay algunos recuerdos que no se me van, y eso es síntoma de que, o me gustaron mucho y se me grabaron en la memoria, o todo lo contrario, y esto que cuento ahora es uno de esos momentos memorables de "Viaje con nosotros si quiere gozar" que diría Gurruchaga.
Viernes, 8,30 de la mañana, el andén ya está a tope, con lo que imagino que cuando se abran las puertas del tren habrá que empujar, disimuladamente eso si, para poder viajar a mi destino.
Una vez dentro, quedo con la espalda pegada a las puertas, los brazos encogidos delante del cuerpo como escudo protector y garante de espacio mínimo para poder respirar, vaya que si por una puñetera casualidad las puertas del vagón se abrieran sin previo aviso, mi cuerpo serviría de cómodo colchón al resto de viajeros.
Bueno, el caso es que delante de mi va un muchacho bien arregladito del que me llama la atención el tamaño de su nariz, aguileña, en medio de un rostro enjuto.
El gachí tiene las dos manos ocupadas, en una un libro abierto que parece leer ensimismado y en la otra mano un vaso de cartón con un café recién hecho, a juzgar por el olor que desprende por todo el tren.
Ocupa, lo menos, tres sitios para seres humanos como yo, en postura de encogimiento, recogimiento total, y eso que yo de tamaño no ando mal.
Pues nada, el chaval dando sorbitos a su café, leyendo su libro... ¡Como un Marqués en el Café Gijón! ¡Y los demás respirando poco para no ocupar espacios ajenos con la expansión de nuestros tórax!
Cuando arrancamos, o frenamos, "suavemente", el mozo se mece cuan junco en aguas mansas, apoyando su peso en la masa humana: adelante, atrás, adelante atrás. Así hasta que se baja, sin siquiera mirar al resto de mortales que le hemos servido de apoyo durante el viaje.
Por fin, pude estirar los brazos, llenar los pulmones con una respiración larga y profunda, que ya era pura necesidad física o moría de asfixia, que sino iba a respirar allí dentro "Rita la cantaora".
Y así llegué a mi destino, dándole vueltas al egoísmo humano y esa, para mi, estúpida moda de ir con el café en un vaso de cartón. Pero eso ya, es otra historia.








viernes, 15 de marzo de 2019

He vuelto al Metro, si, llevo cargando la tarjeta de transporte varias semanas, tras el traspié con la baldosa de la calle, el esquince de tobillo, la fisura de costilla y el codo mal parado, no he tenido más remedio que abandonar mis paseos de ida y vuelta a la oficina.
Que le voy a hacer, nací torpe, ya llevo tres esguinces por un mal paso en los últimos años.
El caso es que en el Metro se ven cosas increíbles, asombrosas.
Es un mundo subterráneo donde los especímenes que se pasean rara vez se ven por las calles de la ciudad, pero en un vagón de metro nos juntamos de tó..
En estos días he visto músicos, magos, mendigos, yonkis, punkies, en fin un poco de todo, pero confieso que ayer vi algo que no sé si me sorprendió más que me asqueó.
Un "Alfredo Landa", más joven, mas gordo, mas calvo y más feo que D. Alfredo, con su traje, estilo conserje de los 60, entró en el vagón.
Es verdad, tengo alma de portera, me fijo en la gente, escucho conversaciones ajenas, analizo gestos y actitudes ¿Y qué si soy cotilla?
Puede que si tu me estás leyendo, también sea porque eres un poco cotilla.
El caso es que el muchacho, que no tendría ni treinta años aunque parecía que tuviera 50, empezó a hurgarse la nariz, sin disimulo, el tío.
¡Y atención! ¡Se sacó los mocos, los miró detenidamente y se los comío con visible regocijo!
A pesar de que el tren iba lleno, las personas a su lado no vomitaron ni nada, supongo que fue porque todos estaban pendientes de sus teléfonos móviles, con sus mensajes y sus juegos adictivos.
Yo aparté la mirada.
¡Que cerdo! ¡Que puerco! ¡Que hambre no tendría el muchacho!
¡Ays, maldita baldosa que se cruzó en mi camino! ¡Con lo preciosa que está Madrid estos días y yo sin poder quitarme la imagen del puerco ese comiéndose los mocos!







lunes, 21 de enero de 2019

Reciclemos si, pero en verano.

Soy de las personas que reciclan, si, papel, plástico, vidrio, orgánico, resto de basura.
Defiendo la agricultura ecológica, me congratula que en los mercados nos cobren las bolsas de plástico, viajó en transporte público siempre que puedo y sino a patita, bicicleta o patinete.
La ropa de algodón libre de materias tóxicas, el mercurio de los termómetros desapareció del cajón de las medicinas hace años, zapatos anatómicos, meditación, yoga y todo lo ecológico me priva.
Bueno, todo, todo, no.
Después del último gripazo, el cual aún colea después de una semana de sufrimiento mortal, he decidido que voy a comprar todo envasado con sus plásticos envolventes. ¿Y esto porqué? Fácil.
¿Te has fijado en el Mercadona en cómo la gente manosea las frutas y verduras?
¿Te has percatado de cómo el populacho tose, esputa sobre la mercancía?
Pues eso, que eliges unas naranjas con toda tu ilusión de vitamina C, para el frío pelón que esta haciendo en los Madriles, y lo que te llevas es un estornudo esparcido por las naranjas traidoras, que en cuanto las has tocado ya lo has pillado.
Si, mucha ecología, mucho reciclar, pero lo dejo para el verano que hay menos virus en el aire.
Ale, te dejo, que me toca el paracetamol. Achus....