Hoy es uno de esos días que por tradición, mía, salgo a pasear por la ciudad en la que me haye.
El ritmo de la caminata lo impongo poco severo este día, me da tiempo a contemplar el paisaje, a ver, a mirar y a retener lo que veo.Desde que pinto no solo miro, sino que observo el detalle y eso me hace creer que veo de manera diferente la vida, la que siempre estuvo ahí y yo no sabia ver, como un niño que no sabe leer y ve un libro sin entenderlo, así estoy yo, aprendiendo a leer el libro del color, a mis taitatos.
El caso es que hoy en el paseo he visto a un tipo, con buena pinta, eran las 11 de la mañana, borracho, sentado en un banco del paseo, tomando el sol y bebiendo su buen vino en una delicada copa de cristal, igualita a la que usamos en casa en días de fiesta.
¡Mira tú el gachó! Con copa de cristal y todo, con su botella de tinto escondida en la mochila, con su bigote blanco canoso a lo Dali, hablando con sus fantasmas, mirando el mar azul.
Al pasar a su lado me pregunté si él también estaría aprendiendo a mirar la vida de manera diferente.