He salido bien temprano a dar mi paseo de sábado, siete kilométritos en menos de una hora, no está mal el promedio para mi. Si hubiera salido con mi hermano me habría llevado con la lengua fuera, me habría metido once kilómetros en el mismo tiempo, claro que con esa piernas largas heredadas de mi abuelo materno que tiene, para él, un paseo, para mi una tortura con la mitad de piernas, vete tú a saber heredadas de que ancestro paticorto.
El caso es que, de vuelta a casa, me he parado en una terracita bien concurrida a esas tempranas horas, turistas y autóctonos recién llegados de vacaciones tomándose su primer café frente al mar. Pan con tomate y un descafeinado ha sido mi elección. Me he sentado en una mesa a la sombra y he observado a la parroquia disimuladamente. Cafés a solas, en pareja, con amigos, trasnochadores resacosos, un poco de todo había en la terraza.
Me ha llamado la atención una pareja de mediana edad, ella masticando aburrida algo de bollería con una infusión en la taza mirando el mar, él separado de la mesa medio metro, con los brazos cruzados, las piernas estiradas, mirando al vacío, justo en el lado contrario del mar, y un gesto de cabreo indisimulado.
Un solo vistazo me ha bastado para montarme mi película sobre ellos y si de verdad eran pareja no les doy ni una semana para visitar a un colega matrimonialista y pedir el divorcio, y es que las vacaciones es lo que tienen; veinticuatro horas, siete días a la semana, compartiendo tiempo, eso no lo aguanta un “apaño”de relación, bien que lo sé.
Espero que su inicio, o fin, de vacaciones mejore en los próximos días. Y es que algunos no empiezan bien el descanso veraniego.