sábado, 29 de julio de 2023

Algunos no empiezan bien las vacaciones.

 He salido bien temprano a dar mi paseo de sábado, siete kilométritos en menos de una hora, no está mal el promedio para mi. Si hubiera salido con mi hermano me habría llevado con la lengua fuera, me habría metido once kilómetros en el mismo tiempo, claro que con esa piernas largas heredadas de mi abuelo materno que tiene, para él, un paseo, para mi una tortura con la mitad de piernas, vete tú a saber heredadas de que ancestro paticorto.

El caso es que, de vuelta a casa, me he parado en una terracita bien concurrida a esas tempranas horas, turistas y autóctonos recién llegados de vacaciones tomándose su primer café frente al mar. Pan con tomate y un descafeinado ha sido mi elección. Me he sentado en una mesa a la sombra y he observado a la parroquia disimuladamente. Cafés a solas, en pareja, con amigos, trasnochadores resacosos, un poco de todo había en la terraza.

Me ha llamado la atención una pareja de mediana edad, ella masticando aburrida algo de bollería con una infusión en la taza mirando el mar, él separado de la mesa medio metro, con los brazos cruzados, las piernas estiradas, mirando al vacío, justo en el lado contrario del mar, y un gesto de cabreo indisimulado.

Un solo vistazo me ha bastado para montarme mi película sobre ellos y si de verdad eran pareja no les doy ni una semana para visitar a un colega matrimonialista y pedir el divorcio, y es que las vacaciones es lo que tienen; veinticuatro horas, siete días a la semana, compartiendo tiempo, eso no lo aguanta un “apaño”de relación, bien que lo sé.

Espero que su inicio, o fin, de vacaciones mejore en los próximos días. Y es que algunos no empiezan bien el descanso veraniego.

sábado, 1 de julio de 2023

Toda buena acción tiene su justo castigo

 La primavera vez que escuche la frase que encabeza esta entrada, fue en casa de mis queridos Villen Caravias, me hizo gracia porque pensé que Pacho se había equivocado, pero no, no era un error y ayer lo comprobé.

Volviendo de mi caminata vespertina, empezando la cuesta de Villavieja ví a tres mujeres arrastrando por los adoquines sus maletitas de cabina, dos mayores y una más joven, está última con un teléfono móvil en la mano girándose buscando la dirección a seguir para llegar a su destino.

Quise hacer la buena acción del día, y aunque yo no soy de esta ciudad, la voy conociendo a base de patearla, me paré junto a una de las mujeres mayores, tenía cara de enojo, enfado o fastidio y agarraba el asa de la maleta fuerte. Le miré a la cara, tenía pinta de italiana, por aquí lo que más abunda son rusos y británicos, pero la señora tenía cara de italiana. Pues me plante a su lado y le pregunté con mi mejor sonrisa y en mi mejor italiano, que lo chapurreo dignamente, si necesitaban ayuda. 

Me miró de arriba a abajo, agarró aún más fuerte su maleta y no sé si me entendió cuando le ofrecí “guida” pero negó con la cabeza y noté cierto temor en su rictus, el mismo miedo que yo he sentido cuando un extraño con pintas raras se me ha acercado en la calle sin motivo alguno.

 Sin más, seguí mi camino y caí de inmediato en mi indumentaria cochambrosa; pantalón corto, por fuera del pantalón una camiseta roja, recuerdo de un viaje a Argentina, descolorida tras veinte años de lavados, atención a la calidad de la misma que vino con otra camiseta negra desde Buenos Aires y las dos aún me las pongo para hacer deporte después de tantos años y para culminar mi “outfit”, gorra empapada de sudor después del ejercicio y del calorazo en un mes de junio en el Mediterráneo, los rizos mojados rebosando por los lados de la gorra.

Y así con esa “pinta pobre”, que diría mi madre, le he preguntado a esa turista recién llegada si necesitaba ayuda. Normal que me haya mirado desconcertada y asustada.

Me he acordado de la frasecita y he llegado a casa chorreando sudor con una sonrisa en la cara y dando la razón a mis queridos Pachos, cuanta sabiduría mis amigos.