Una es una pieza de cerámica de la dinastía Qin (221-206 a.c.) encontrada en los terrenos donde se enterró a un emperador chino de la mencionada dinastía.
La otra es una piedra del enlosado del castillo de Santa Barbara, Alicante, donde los presos de la guerra civil española pasaban sus pocas horas libres. Si se recorre el castillo con atención se verán más piedras con nombres y fechas, algunas borradas por la erosión y el tiempo, otras tan claras como la de la fotografía.
Las dos piezas nos cuentan como dos seres humanos en dos regiones del mundo distanciadas por miles de kilómetros, separadas por cientos de años quisieron dejar constancia de su nombre, de su existencia y de su libertad mermada, un acto de rebeldía contra quienes les sometían.
Quiero pensar que el ser humano ha evolucionado dejando la tortura atrás, pero estas dos fotografías me hacen corroborar lo que decía mi tío Aníbal; la tortura entre humanos no ha desaparecido, solo se ha sofisticado.
Doy por seguro que en este día de hoy, algún soldado apresado, en algún lugar del mundo, estará dejando la punta de su navaja roma escribiendo su nombre para que alguien, dentro de dos mil años, siga preguntándose como pudimos continuar tratándonos así los unos a los otros.

