miércoles, 19 de junio de 2019

Sorpresa, sorpresa..

Hay noticias que, tocándome de refilón, se me quedarán dando vueltas por la cabeza todo el día, o toda la semana.
Hoy he hablado con la viuda de alguien a quien yo apreciaba, era colega de mi padre, es decir ya tenía una edad el “muchacho”.
Cuando mi padre murió heredamos el negocio y también heredamos a los colegas profesionales, y el finado era uno de ellos, así que le trataba a menudo, durante años vino por el despacho, al principio venía solo a resolver asuntos, cuando la salud empezó a fallar le acompañaba su hoy viuda.
Un tipo simpático, charlatán y fumador empedernido, murió casi con noventa años y un cigarro en la mano.
En la conversación de hoy, la pobre mujer, me contaba que todo se le hacía cuesta arriba con los papeles, recibos, cuentas bancarias, hacienda, herencia... Y aquí es donde ha saltado la sorpresa.
El bueno de Eugenio, el marido solicito, el padre de familia.. ¡Era bígamo!
A su muerte la mujer con la que llevaba casado setenta años, se dice pronto, encontró escondidos, en el fondo de los cajones de la mesa de trabajo de Eugenio, papeles y fotografías de sus otros hijos.
¡Con razón no la dejaba casi ni limpiar en su la habitación que aún utilizaba como despacho, para que no se enterara del pastel!
Transferencias mensuales a la otra y a sus otros hijos, facturas de regalos de reyes, cumpleaños y aniversarios, la escritura de una casa en otra provincia a nombre de los hijos desconocidos.
En fin, que me imagino la cara de gilipollas que se le debió quedar a la viuda oficial cuando descubrió en el notario la mentira, por no hablar de la devastación emocional tras años de mentira.
Los hijos de ambas mujeres, siendo hermanos ni siquiera sabían de la existencia de los otros.
No sé si me produce más sorpresa o más tristeza, el bueno de Eugenio.. ¡Menuda pieza!