Mis viaje en metro siguen siendo mi inspiración.
Sé de alumnos de cursos de escritura a los que como ejercicio práctico les piden que viajen en el suburbano con una libretita y que describan las situaciones que les llamen la atención, o que detallen la indumentaria de alguna persona que viaja en el vagón, para luego compartirlo con sus compañeros.
Tengo ganas de poder hacerlo yo también, aunque solo sea para reírme un rato luego releyendo mis anotaciones.
Lo malo es que suelo viajar en horas punta, así que los trenes van rebosantes de seres humanos recién lavados y peinados, o no, con lo que sentarme tranquilamente para poder desarrollar mis dotes descriptivas no es fácil, así que me conformo con observar y apuntar mentalmente detalles que luego se me desdibujan en la memoria, pero el rato que paso imaginando historietas no me lo quita nadie.
Ale, hay algunos recuerdos que no se me van, y eso es síntoma de que, o me gustaron mucho y se me grabaron en la memoria, o todo lo contrario, y esto que cuento ahora es uno de esos momentos memorables de "Viaje con nosotros si quiere gozar" que diría Gurruchaga.
Viernes, 8,30 de la mañana, el andén ya está a tope, con lo que imagino que cuando se abran las puertas del tren habrá que empujar, disimuladamente eso si, para poder viajar a mi destino.
Una vez dentro, quedo con la espalda pegada a las puertas, los brazos encogidos delante del cuerpo como escudo protector y garante de espacio mínimo para poder respirar, vaya que si por una puñetera casualidad las puertas del vagón se abrieran sin previo aviso, mi cuerpo serviría de cómodo colchón al resto de viajeros.
Bueno, el caso es que delante de mi va un muchacho bien arregladito del que me llama la atención el tamaño de su nariz, aguileña, en medio de un rostro enjuto.
El gachí tiene las dos manos ocupadas, en una un libro abierto que parece leer ensimismado y en la otra mano un vaso de cartón con un café recién hecho, a juzgar por el olor que desprende por todo el tren.
Ocupa, lo menos, tres sitios para seres humanos como yo, en postura de encogimiento, recogimiento total, y eso que yo de tamaño no ando mal.
Pues nada, el chaval dando sorbitos a su café, leyendo su libro... ¡Como un Marqués en el Café Gijón! ¡Y los demás respirando poco para no ocupar espacios ajenos con la expansión de nuestros tórax!
Cuando arrancamos, o frenamos, "suavemente", el mozo se mece cuan junco en aguas mansas, apoyando su peso en la masa humana: adelante, atrás, adelante atrás. Así hasta que se baja, sin siquiera mirar al resto de mortales que le hemos servido de apoyo durante el viaje.
Por fin, pude estirar los brazos, llenar los pulmones con una respiración larga y profunda, que ya era pura necesidad física o moría de asfixia, que sino iba a respirar allí dentro "Rita la cantaora".
Y así llegué a mi destino, dándole vueltas al egoísmo humano y esa, para mi, estúpida moda de ir con el café en un vaso de cartón. Pero eso ya, es otra historia.